LA SANGRE COAGUALDA

a. e. barrios




Sólo Dios conoce las cosas ocultas y no las revela a nadie. Él es el único omnipotente y omnipresente. Yo, como humilde siervo, no podré nunca pretender descubrir la verdad absoluta, más está en mí el dar mi versión de esta historia de mártires y asesinos.
En estos momentos, en que mi nueva situación y mi nueva identidad me lo permiten, puedo contar lo poco que sé de Sakhr El-Genni, como se hacía llamar él mismo, uno de los terroristas menos buscados por los países en guerra contra el terrorismo, pero tan peligroso y letal como Osama Bin Laden.
Para que el lector tenga una perspectiva completa sobre mis actitudes y actividades anteriores, es necesario revelar mi posición de ex agente secreto de la inteligencia europea, con esto de ninguna manera trato de justificar mis actos, pero eso explica en parte mi actuar.
Conocí a Sakhr El-Genni una mañana de julio del 2002 en una cantina de la Franja de Gaza. Alto y corpulento, sobresalía entre la gente, bajo el vendaval de un ventilador hablaba sobre unos versos del Profeta, tan cansada era su voz, y el calor tan intenso que las palabras parecían derretirse al salir de sus gruesos labios, los que trataban de oírlo se adormecían sin remedio, aún así no perdía la capacidad para atraer a la gente y provocar una sensación de admiración. Estoy seguro que nadie oyó lo que decía, pero después escuché a algunos que ni siquiera se encontraban presentes, como yo estuve, que Abbu al-Hassán –como era conocido entonces–, justo antes de la explosión recitaba aquellos versos del Profeta que dicen: “Hemos creado al hombre con arcilla fina; luego lo hemos hecho de una gota de esperma un coágulo de sangre, y luego del coágulo de sangre un pedazo de carne; en seguida hemos convertido este pedazo de carne, y en seguida lo hemos expuesto a la luz del día cual otra creación. Bendito sea Dios, el más hábil de los creadores. Después de haber sido creados, moriréis.” El infernal estruendo derribó el muro a sus espaldas y lo sacó volando hasta la banqueta de enfrente, donde –contaban después, a mí no me consta– se puso de pie como si nada hubiera sucedido y continuó: “Y en seguida seréis resucitados el día de la resurrección.” Yo perdí el conocimiento y no desperté hasta el día siguiente en el hospital. Éramos veintidós personas en la cantina cuando impactó el misil, la mitad murió, otros tantos sufrieron amputaciones, sólo Abbu al-Hassán y yo salimos sin un solo hueso roto.
Él fue el que hizo el primer contacto, cuando convalecía en el hospital me visitó. Me sorprendió la magnitud de sus proporciones, desde la cama se veía mucho más alto, y tan ancho como dos personas, con una carota redonda y ennegrecida de la que emanaba una enorme nariz llena de bello que se enredaba con su tupido mostacho y barba. Hablamos sobre la situación en la Franja, sobre los israelitas y Estados Unidos, sobre la OLP y Hamas, sobre Al Qaeda y la Yihad, sobre fútbol y mujeres en almanaques. Antes de marcharse me confió el motivo de su visita: “Alá me ha encomendado visitarte, aún no sé por qué, ni logro comprender el plan divino, pero tarde o temprano volveremos a encontrarnos.” Eso sucedería tres años después.
Mi trabajo me llevó al mismo infierno. La visita a Bagdad se volvió inevitable. Llegué a finales del 2004 buscando infiltrarme en alguna de las células terroristas que masacraban a los ciudadanos de la legendaria urbe. Mi ascendencia árabe dictó la naturaleza de las misiones que me fueron asignadas.
A las pocas semanas de haber llegado a la boca del lobo, cuando sólo había tenido oportunidad de contactar a un par de agentes británicos –el lector debe de tener en cuenta que como agentes secretos lo que menos debemos de parecer es precisamente eso–, conocí a Ghaada ‘Abal, la bella sunní de quien me enamoré. Ella trabajaba como mucama en el hotel donde me hospedé mis primeros dos meses en la capital iraquí. Mantuvimos una relación como ninguna otra en mi vida, incluso –lo que nunca antes– pensé en dejar el servicio para vivir una vida matrimonial plena y alejada del peligro constante. Pero Dios y Ghaada ‘Abal tenían otros planes. Una trágica tarde, era enero del 2005, cuando soplaba ese viento fresco que acompaña al desierto en el invierno, descubrí horrorizado que Ghaada ‘Abal tenía un amante. Los vi caminando por los pasillos de un bazaar, luego introducirse a un hotel, primero él y ella tras él. Sentí que el mundo llegaba a su fin. El vértigo fue mucho más intenso que el de la batalla real. Vagué por Bagdad exponiéndome a su realidad, una aldea de seis millones de habitantes en ruinas, en guerra, vi ese día, como ningún otro, los cuerpos mutilados y quemados tras las explosiones. La sangre roja nueva y la ennegrecida con más tiempo. El llanto y las imploraciones, el miedo, el coraje, más fuego, más sangre, más mutilados, más muerte, nunca como ese día vi tanta mortandad en las calles de la antigua Babilonia.
A media noche rondaba la casa de Ghaada ‘Abal. Para entonces la confusión y el dolor habían dado paso a la ira, la había odiado intensamente las últimas horas, quería confrontarla. Desde la recepción de un hotel le hablé por teléfono, le dije que había explotado un autobomba frente a mi casa y no tenía a dónde ir, le pedí que me recibiera, pero me dijo que no podía, sus padres no lo aceptarían. Me quedé mirando el portón de su casa desde la esquina, acabándome la botella de vino barato que conseguí en el hotel. Tiré la botella vacía a la calle haciéndose añicos y rompiendo el silencio que reinaba a esas horas, cuando el silencio volvió a la noche oscura, escuché el rechinido del portón de la casa de Ghaada ‘Abal al abrirse, contuve el impulso de salir corriendo hacia allá, y me quedé escondido a la vuelta de la esquina. Salió Ghaada ‘Abal, y de las sombras de la bocacalle apareció una figura enorme. El corpulento hombre se acercó a ella. Mi indignación alcanzó niveles insospechados, pensar que me engañaba con más de un hombre me llenó de cólera ardiente. Algo discutían, susurraban, no oía lo que decían, la voz de él era un gruñido feroz, Ghaada ‘Abal alzó un poco la voz pero no distinguí sus palabras, parecía que iba a gritar, entonces el gigante hizo un movimiento rapidísimo que cercenó la cabeza de Ghaada ‘Abal, cayendo ésta primero y después su cuerpo. El hombre tomó la cabeza y comenzó a caminar hacia mí, el miedo me paralizó, un temor irracional que hizo inútil toda mi preparación no dejó que me moviera de aquella esquina oscura. Cuando se detuvo frente a mí reconocí a Abbu al-Hassán, tiró la cabeza de Ghaada ‘Abal a mis pies, luego sacó de alguna parte de su enorme humanidad la cabeza del amante y también me la tiró. El horror de esas cabezas fue mucho mayor al de los desmembrados de todos los días.
-Es una ramera –dijo con voz ronca Abbu al-Hassán. –Era mi mujer también –creí que me cortaría la cabeza. –Te dije que nos volveríamos a encontrar. Los caminos de Alá son sumamente sinuosos. Ambos compartimos la misma mujer y la misma traición. No pude dejar que me quitaras el gusto de matarlos yo.
Traté de argumentar una defensa, pero sólo pude balbucear:
-Yo no quería matarla…
-¿Y ese puñal para qué lo traes?
Efectivamente, el mango de un puñal se asomaba entre mis ropas, no recordaba haberlo puesto ahí, fue un acto inconsciente, no sabía qué hacía con él. Me tendió la mano y me incorporó, luego me envolvió con su gran brazo como envuelve la Fe al devoto y comenzó a caminar, llevándome así por las tinieblas de la mítica ciudad.
A partir de ese momento pasé a formar parte del grupo de Abbu al-Hassán. Era un grupo pequeño –yo sólo conocí a otros cuatro individuos aparte del mismo al-Hassán–, que luchaba bajo las órdenes de Alá, al menos eso era lo que decía el caudillo, quién se hacía llamar entonces Sakhr El-Genni. Mis compañeros, Abdul-Fattah, Abdul-Halim, Abdul-Rahman, Abdul-Ghaffar, el mismo Sakhr El-Genni y yo, bajo el nombre Kadin al-Hadif fuimos responsables de varios atentados que fueron atribuidos a la resistencia. Pero el plan –si es que lo hubo alguna vez– no era la resistencia, sino el terror en sí. Estábamos enfrascados en la misión de lograr la mayor destrucción con cada bombazo. Tuve varias veces la oportunidad de asesinar a Sakhr El-Genni, pero le debía muchas cosas, entre ellas mi vida; durante los preparativos de la primer misión, un comando estadounidense abrió fuego indiscriminadamente hacia nosotros, Sakhr El-Genni me cubrió con su cuerpo y las balas parecieron rebotar en sus espaldas, luego sacó una carga de sus ropas y la tiró a la tropa, haciéndola volar por los aires en pedazos; además, intuía que un poder mayor me lo impediría, yo mismo participé en la planeación de algunos atentados, varios centenares de almas a mi conciencia. Pero entonces no tenía tal. La bestial figura de El-Genni ejercía el control de mis acciones y emociones cual ángel rebelde ante el que lo sigue extraviado.
Fue una tarde negra, la ciudad más devastada que nunca, semidesierta –un doble desierto–, reunidos antes de una misión, Abdul-Fattah, Abdul-Halim y yo, Kadin al-Hadif, cuando Sakhr El-Genni nos habló, nos dijo:
-Fui cientos de miles de días amordazado, ya antes traje la buena nueva, la muerte más terrible, de ahora en adelante podremos pronunciar más allá del noveno nombre de Dios, hoy habremos de abrir de nueva cuenta la verja de Ijtihad, no habrá pescador que burle el destino, porque el destino es uno, dictado por Alá –yo conocía la historia del pescador y el efrit de Las mil y una noches, pero escuchar aquellas palabras a Sakhr El-Genni era cuando menos sugestivo. Luego comenzó a recitar los versos del poeta, y estas fueron sus palabras: –“¡Oh tu, que temes los embates del Destino, cálmate! ¿Ignoras que todo está en manos de Aquél que ha formado la Tierra? ¡Pues lo que está escrito, escrito está y no se borra jamás! ¡Y aquello que no está escrito, no debe temerse! ¡Oh Señor!, ¿podré pasar un solo día sin cantar tus alabanzas? ¿Para quién, si no, iba a reservar el maravilloso don de mi estilo rimado y de mi lengua de poeta? Cada nuevo obsequio que de tus manos recibo, ¡Oh Señor!, es más hermoso que el anterior y se anticipa a mis deseos. Por tanto, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en mi corazón y en público? ¡Pero debo confesar que jamás tendrán mis labios la elocuencia precisa ni mi pecho la necesaria fuerza para cantar y para llevar los beneficios de que me has colmado! ¡Tú, que dudas, confía tus asuntos en manos de Alá, el único sabio! ¡Y en cuanto lo hagas, tu corazón nada tendrá que temer por parte de los hombres! ¡Debes saber también que nada se hace a causa de tu voluntad, sino sólo por la voluntad del Sabio de los Sabios! ¡Por tanto, no desesperes jamás, y olvida todas las tristezas y todas las zozobras! ¿Ignoras que la inquietud destruye el corazón más fuerte? ¡Confiésalo todo! ¡Nuestros proyectos son solamente proyectos de esclavos impotentes ante el único Ordenador! ¡Síguele! ¡De este modo disfrutarás de una paz duradera!”
Ese día las explosiones acumularon más de doscientos muertos. Abdul-Fattah y Abdul-Halim murieron inmolados. Yo, Kadim al-Hadif fui arrestado por soldados españoles, revelé mi situación, y fui llevado a una base militar en la Gran Bretaña, ahí estuve ocho meses, hasta que recibí una nueva identidad y una nueva vida lejos de la guerra.
Hace unos meses, asistí como invitado a una ceremonia protocolaria donde había una comitiva estadounidense. Tuve la oportunidad, durante el banquete, de conocer al Coronel de la Fuerza Aérea Jason Salomon. Aunque el cambio era extraordinario, pude reconocer en sus acicaladas facciones, enorme nariz y monumentales proporciones el genio de Abbu al-Hassán, o Sakhr El-Genni, como se hacía llamar emulando al famoso efrit. Fue sólo un saludo cordial, no fuimos más allá del protocolo, pero estoy seguro que al-Hassán, como yo a él, me reconoció.
Sólo Dios conoce las cosas ocultas y no las revela a nadie. No tiene caso preguntarse quién era realmente Abbu al-Hassán, qué objetivo tenía y para qué actuó del modo en que lo hizo. Analizándolo como colega, puedo decir que su trabajo tenía todas las características de una operación tipo P2OG, el ahora famoso Grupo de Operaciones Preventivas y Proactivas de Washington, ese proyecto que combate el terrorismo desde dentro; lo mismo que él puede decir del mío.
Cuenta el Profeta que cuando Dios creó al hombre les ordenó a los ángeles que se prosternaran ante él adorándolo, pero Eblís se negó, Dios decidió castigar su desobediencia lapidándolo hasta el día de la retribución, entonces el ángel pidió una tregua hasta el día en que los hombres hayan resucitado, y Dios se la concedió, a lo que Eblís respondió: “Señor, puesto que tú me has circunvenido, tramaré complots contra ellos en la tierra y procuraré circunvenirles a todos, excepto a tus servidores sinceros.” Y Dios dijo: “Ese es precisamente el camino recto; pues tú no tienes ningún poder sobre mis servidores; no lo tendrás más que sobre aquellos que te sigan y se extravíen.”
Aunque me reconforta imaginármelo renegando los designios del señor, sea su nombre el que sea, Abbu al-Hassán, Sakhr El-Genni o el Coronel Jason Salomon, ángel, genio o humano, no podrá escapar nunca de lo que Dios ha escrito sobre él.

CINE CLUB LOS CARACOLES

NIÑOS DEL HOMBRE, (CHILDREN OF MEN)
Dir. Alfonso Cuarón
Inglaterra, 2006



Más que una película futurista donde se haga alarde de la tecnología y los gadgets, Hijos del hombre es una película donde lo que más sobresale es la decadencia, pero no es un mundo frío, espectacular y decadente como Bladerunner, es un futuro que de hecho se parece mucho, demasiado, a nuestro presente actual, con tecnología muy similar y similar tipo de injusticias. Es el año 2027, hace 18 años que la esterilidad impera en todo el mundo, hace mucho que dejaron de haber niños, el mundo ha colapsado y sólo la isla Británica sobrevive como último bastión del mundo occidental, y por lo mismo tiene un ligero problema con los migrantes ilegales que buscan refugio huyendo del mundo en llamas, por lo que la Gran Bretaña se ha convertido en una fortaleza vigilada a cada paso por las fuerzas reales y represoras. Theo, un burócrata ebrio sin ninguna esperanza, se ve obligado a ayudar a Kee, una refugiada con un determinante secreto: está embarazada. Una adaptación de la novela de P. D. James, dirigida magistralmente por Alfonso Cuarón, que crea una serie de geniales secuencias de largas y fluidas tomas que imponen eficazmente la atmósfera exácta para narrar esta historia, como un seudodocumental de nuestros últimos días como civilización.

LA MÚSICA, TRANSMISOR DE PENSAMIENTOS PUROS

HERNÁN ROLLINS


La incapacidad de nuestro lenguaje para comunicar de forma directa lo que se concibe en nuestros pensamientos es una de las razones (posibles) para la tristeza del pensamiento, según George Steiner[1]. El concebir algo en nuestra mente y después tratar de expresarlo a los demás es una empresa cuya principal herramienta, el lenguaje, es en demasía limitada, por lo que hace que el mensaje que se quiere comunicar sea sólo un reflejo de lo que se piensa. Para Steiner la música sería la herramienta más eficaz para trasmitir nuestros pensamientos más puros, aquellos que el lenguaje no puede enunciar, que uno no puede comprender con palabras, pero sí con otro tipo de sensaciones acaso más cercanas al instinto.
El pensamiento en nuestra cabeza en ocasiones se asemeja más a un torbellino incomprensible, que de hecho resulta imposible enunciarlo con propiedad, una eterna frustración que es un estigma insondable para el hombre. “El dominio del pensamiento, de la misteriosa rapidez del pensamiento, exalta al hombre por encima de todos los demás seres vivientes. Sin embargo, lo deja convertido en un extraño para sí mismo y para la enormidad del mundo.”[2] Si nosotros mismos no podemos enunciar lo que existe en nuestra cabeza, si al poner el pensamiento en palabras parece desmoronarse como castillos de arena en un vendaval cómo es posible que los demás nos comprendan, cómo saber si lo que escuchamos es realmente lo que se nos quiere decir. “La tristeza, eine dem Leben anklebende Traurigkeit, diez veces.”[3]
Pero la música nos acerca a los abismos del pensamiento, nos ayuda a sondearlos, “no es el debate teológico o filosófico el que arrastra al pensamiento hasta los mismos límites de sus indispensables y siempre renovados ‘callejones sin salida’. Es a mi juicio la música, ese medio seductor de una intuición reveladora más allá de las palabras, más allá del bien y del mal, en el cual el papel del pensamiento tal como podemos comprenderlo sigue siendo profundamente elusivo. Pensamientos demasiado profundos no tanto para las lágrimas como para el propio pensamiento.”[4]
La literatura estaría en desventaja con respecto a la música a la hora de transmitir o plasmar los pensamientos más puros por su subordinación a la lengua, y más aún: a la lengua escrita. Probablemente, los pensamientos puros, los que aún no han sido corrompidos por el lenguaje habitual, carecen de la lógica que la lengua exige. El lenguaje es a la vez vehículo y frontera del pensamiento. El lenguaje es siempre el límite a la hora de la enunciación, y la música puede surcar esa frontera. Una insondable para las letras, cuyos intentos por llegar a esa pureza de pensamiento -dadaísmo, surrealismo-, se han quedado en meras anécdotas de la historia de la literatura. Porque lo mejor de la literatura es su lógica, su íntima complicidad con el lenguaje, y la multiplicidad de éste para enunciar la realidad. “La realidad, al pasar por la literatura, se organiza y cambia"[5] dice Rossi, y también: "una carta a un hermano puede escribirse de muchísimas maneras: pensar -¡señores!- es descubrir ese hecho espantoso."[6] La literatura es expresión del pensamiento procesado, la música es expresión del pensamiento primordial.

[1] George Steiner, Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.
[2] Ídem.
[3] Ídem.
[4] Ídem.
[5] Alejandro Rossi, Manual del distraído.
[6] Ídem.

POUND

VINTRENS



A los 18 conocí a Ezra Pound, ahora lo puedo decir sin temor a exagerar: a esa edad me marcó. Ya admiraba a Nervo, a Bécquer, a Góngora, a Paz y a Enrique González Martínez, pero conocer a Pound fue una experiencia mínimamente impresionante. A esa edad es comprensible, adopté, ¡qué diablos!, ¡miento!, copié sin rigor ni ética el estilo imaginista de Pound, hice cientos de pequeñas y no tan pequeñas piezas imaginistas, quizá demasiadas. Las leo aún, en alguna rara ocasión de morbosa curiosidad, así como están, guardadas, así seguirán por siempre, de todas ni una sola vale la pena publicar, así es, así es esto. Pero el leer esos remedos de poesía me provoca otras sensasiones, aunque me avergüenza mi torpeza y desembocadura. Es algo casi siniestro, un botón, una lima, un olor que nos remite otros tiempos. Es un misterio. Ningún valor literario, pero cierto valor entrañable para mí, un dejo de nostalgia, y una palabra, Libertad.
A los 18 conocí a Ezra Pound, fue gracias a un compañero poeta obsesionado con el imaginismo, el surrealismo, el dadaísmo, el futurismo, y los poetas malditos. Me presentó Los cantares completos, la impecable versión de Vázquez Amaral. Todo era grande en ese libro, un ladrillo, con la foto del maestro en un close up supuestamente revelador que presentaba más bien un rostro impenetrable marcado por los años y las decepciones, pero orgulloso, magnánimo. Pero más grande era su cometido literario, el de hacer un nuevo Cantar de cantares, o del Cid campeador, o de Rolando. No pude menos que admirarlo. Su abierto apoyo al fascismo italiano me incomodó poco, ¡pero qué rayos!, de lo que menos daba cuenta su poesía era de una pluma fascista, al menos no en su obra personal, por el contrario, la tolerancia y la libertad se imponen en todos y cada uno de sus cantos, en mérito y demérito por igual. Salvo en aquellos momentos de grandilocuencia exacerbada y antisemita cuando Ezra nos dice: "El mal es usura". Para mí era un viejo tierno y testarudo, sin remedio. Quizá una imagen concebida más por la foto con su rostro surcado por completo de arrugas y su cabellera peinada, como lo hacía desde muchacho, como si lo hubiera pescado un ventarrón, o como si hubiera conducido un descapotado a grandes velocidades. Ese rostro impenetrable tenía el impacto de decir a veces más de lo que decía su escritura. Tanto a mis 18 como a mis 30 la lectura de Pound sigue siendo en gran medida un gran misterio. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, quizá sea cierto, quizá dependa de quien enuncie esas mil palabras. Pound era un maestro de la enunciación. Un maestro, al igual que Góngora, Joyce y Elizondo, oscuro.

CASA DE AJOLOTES

EZD









Armando Ramírez (D.F., 1952) ha sido guionista, reportero, conductor y realizador de series de televisión, jefe de información del programa Hoy en la Cultura del Canal 11, reportero, cronista de Imevisión, y patiño de Brozo, pero su principal trabajo ha sido en las letras, en la narrativa, la novela. De su obra literaria sobresalen títulos que han pasado a la historia de la tradición principalmente por el compromiso del autor para hacer una literatura que presente de forma explícita las situaciones y sentimientos de diversos personajes típicos-simbólicos de nuestra cultura, creando un universo, muy a la Comedia humana, donde se retrata a un ser –el mexicano-, que, o está perdido en la búsqueda de sí mismo, o se ha asumido tal como es y tal como son sus circunstancias de forma inconsciente, sin necesidad de plantearse una explicación. Títulos como Chin chin el teporocho, Quinceañera, Violación en Polanco, La noche de Califas, etcétera, nos presentan un mundo de arquetipos socioculturales donde la búsqueda por plasmar una identidad nacional ya no es como en las novelas decimonónicas, que buscaban la configuración de un nuevo orden social, sino como los estudios filosóficos y antropológicos contemporáneos, que más bien tratan de explicar la forma de la cultura mediante vigorosos e interesantísimos ejemplos.
El autor ha asumido también el compromiso de retratar con fidelidad el dialecto urbano, rescatando y resaltando, con clara influencia rulfiana, la poesía de la lengua vulgar, o la lengua misma como música simbólica de la condición en la sociedad del individuo y su grupo filial. La lengua como reflejo de la condición del individuo y la lengua como determinante a la hora de interactuar con el resto de la sociedad. Ramírez, como antropólogo del lenguaje, ha trabajado con una serie de novelas de tesis sobre el conflicto de lo mexicano, el complejo de la orfandad y la injusticia asumida. En Violación en Polanco nos encontramos con una metáfora de la conquista española siendo redimida no con el perdón, sino con la venganza, el único modo posible de librar el malestar histórico.
La casa de los ajolotes (2000) es otra novela de tesis sobre la misma preocupación con el conflicto de la identidad amorfa del mexicano, pero es una novela que trata de sintetizar el pensamiento filológico-antropológico contemporáneo sobre el mexicano histórico, ese que ve en los símbolos de lo mexicano un reflejo de su carácter universal.
La casa de los ajolotes narra el encuentro del hijo abandonado con su padre, el joven y humilde reportero cultural con el poderoso narcopolítico que lo lleva a un peligroso viaje de iniciación en lo más pútrido de la corrupción de las altas esferas del poder, es la continuación por otra parte, como se menciona en la contraportada de la primera edición, de un mito que define a los mexicanos, el del hijo Juan Preciado y el padre Pedro Páramo, aquí el reencuentro, como era de esperarse, no da luz ni explica nada de la condición del personaje como individuo, en cambio lo sumerge en un mar de dudas y vacilaciones que lo llevan a sumirse en un estado de total inconciencia sobre su condición, algo que ocurre gradualmente hasta el punto de confundirse y ocupar, deterministamente, el lugar que le heredó su padre, cometiendo sus mismos actos inmorales y corruptos, los mismos que nunca pensó que cometería. Ramírez muestra su tesis de forma tan explícita que cae, sin que demerite en nada al texto, en ese determinismo casi naturalista que se observa en la configuración de la imagen poética final, donde el hijo se posesiona del lugar del padre:
"Rasqué mi pecho a la altura de la cabeza del ajolote, se asomaba por entre los ropajes del sin rostro, te daba comezón el tatuaje, revisé mi credencial del partido, tu foto era la misma foto de la licencia para manejar. Tú. Yo corrí las cortinas. Di una profunda fumada al puro. La noche le pareció oscura por dentro. Tú encendiste las luces de mi casa." (p. 226)
José Agapito es el narrador de su historia, y es en esta historia oscura, en donde a través de su padre llega a conocer el verdadero origen de su vida, quién fue su verdadera madre, por dónde corre la línea de su destino, y su pertenencia a un lugar marcado por el pasado histórico. La narración tiene la forma de la novela negra, con una estructura fragmentada en varios tiempos-espacios donde la memoria del narrador juega un papel preponderante, así como el desdoblamiento que lleva a cabo. La trama se va hilando poco a poco, y poco a poco vamos descubriendo, junto con el narrador-personaje, lo que se esconde detrás del misterio. Un mosaico que abarca desde la Colonia hasta nuestros días, y que sirve para explicar un rasgo de su identidad, y con ella la de todo un pueblo.
En La casa de los ajolotes la conformación de una identidad nacional supone la congregación de ciertos símbolos de lo mexicano, con la conciencia de que estos símbolos son una imposición arbitraria y sin mucho peso en la realidad, pero que son los mismos símbolos que se manejan en las diferentes culturas occidentales, como lo prueban los estudios de C.G. Jung, es decir, los símbolos no configuran el perfil del mexicano, pero exponen el carácter universal de la necesidad del hombre por crear ciertas imágenes para interpretar su mundo. Estos símbolos, no están caducos ni pasados de moda por no corresponder a la realidad actual o a ninguna, simplemente atienden a la necesidad de nombrar lo no nombrado, y evidenciar así parte de la psique de la comunidad que está oculta de otra manera. El carácter nacional mexicano sólo tiene una existencia literaria y mitológica.
El ajolote es ese anfibio mexicanísimo, cuya misteriosa naturaleza dual (larva/salamandra) y su potencial reprimido de metamorfosis permiten que pueda ser usado como una figura para representar el carácter nacional mexicano y las estructuras de mediación política que oculta. No sé exactamente cuando empieza a usarse esta metáfora, pero ya Alfonso Reyes hablaba de que los mexicanos son los anfibios del mestizaje: soportan todos los pecados de la modernidad, pero aún viven inmersos en la Edad de Oro.
El ajolote es la larva de la salamandra, la cual tiene la capacidad de reproducirse y así evitar la metamorfosis, creando así una nueva especie. Roger Bartra hace su ensayo de la identidad del mexicano basándose en la metáfora del ajolote, en él dice: "Siempre me han fascinado las primeras palabras del ensayo de John Womack sobre Emiliano Zapata: Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una Revolución. Nunca imaginaron un destino tan singular. En esto los axolotes son igual que los campesinos de Morelos; su resistencia a metamorfosearse en salamandras los obliga a una maravillosa revolución: a reproducir infinitamente su larvario primitivismo. De esta forma se produce una súbita transición, y se crea una especie completamente nueva."[1]
La imagen del ajolote tiene la virtud de la dualidad contenida en su ser y no ser, en su configuración como otra especie, en el ajolote se dibuja el misterio del Otro, “de lo diferente, de lo extraño; pero se dibuja en su forma primitiva, larval, esquemática: por lo tanto, aterradora en su sencillez. El axolote es una metáfora viva de la soledad.”[2]
La creencia de que el desarrollo de un individuo resume la evolución de la especie encuentra su versión paralela en la idea de que las naciones -como las personas- pasan por un ciclo vital completo (infancia, juventud, madurez, vejez y muerte). Las ideas de Jung sobre el inconsciente colectivo y los arquetipos son también una expresión del paralelismo mencionado. Así, pues, podemos trabajar con los símbolos individuales como representantes de la totalidad de la colectividad.
La novela juega constantemente con estos símbolos, los cuales no dejan de ser, por otro lado, realidades, al menos en la forma en que son presentados. José Agapito-Juan Preciado-Telémaco, por una parte, y Sóstenes San Jasmeo-Pedro Péramo-Ulises por la otra, arquetipos universales que revelan al individuo como tal y como integrante de la comunidad universal. Al igual que las representaciones míticas de Joyce en su Ulises, y las de Rulfo en Pedro Páramo, las representaciones míticas de La casa de los ajolotes corresponden a tipos reales, los cuales tienen la capacidad de sintetizar todo su entorno, por el hecho de desenvolverse en él.
Otro mito con el cual se explica la conformación de la identidad simbólica del mexicano es el de la madre, la virgen y la prostituta, otro mito universal, que en la novela encuentra su equivalente en el personaje de la madre abnegada, engañada y abandonada de José Agapito y su otra madre, la desconocida, si acaso la verdadera, la bailarina puta que se aprovecha de su belleza para recibir favores del preciso. Así mismo se halla aquí la semilla del mito de la virgen de Guadalupe y la Malinche, que constituyen dos emblemas imborrables de lo mexicano. Bartra dice que “un examen atento y desprejuiciado nos llevará a contemplar a la Malinche y a la virgen de Guadalupe como dos encarnaciones de un mismo mito original. Las dos Marías se funden en el arquetipo de la mujer mexicana.”[3] La amante de Cortés pasó a la mitología como doña Marina o con la corrupción de su nombre indígena: Malinche. En la tradición cristiana también hay un significativo paralelismo de dos Marías, la Madre de Dios y Magdalena. Marina Warner ha señalado que la Virgen y Magdalena son un díptico que expresa la visión patriarcal cristiana de la mujer: “En la arquitectura conceptual de la sociedad cristiana no hay lugar para una sola mujer que no sea una virgen o una prostituta.”[4]
Octavio Paz expone, en su apartado sobre la Malinche, en su Laberinto de la soledad: "Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios, estoicos, impasibles y cerrados."
El mito de la Malinche nos habla de su traición a la "patria", pero hay que recordar que no hay tal, ya que este concepto era inexistente en la época. Se habla de la conveniencia en su transformación, de que es la gran puta pagana, pero también se habla de ella como la madre de los mexicanos, esta divergencia nos expone de nuevo ante esa imagen del mexicano como un ser amorfo o con una falta de voluntad histórica para la metamorfosis que lo sacará de su estado larval, la Malinche fue convertida en la figura a la cual culpar, en la cual recae el pecado, el pecado original que es legado a todos sus hijos, y con el cual nos identificamos como nación reprimida por la culpa.
En la novela se habla también de la existencia de unos apuntes de Antonio Mixcóatl, un mestizo de linaje noble que habitó la casa de los ajolotes, y que recogiendo de la tradición oral y de documentos antiguos trazó su historia para probar su linaje a los españoles. La introducción de la historia de Mixcóatl es muy interesante ya que expone la naturaleza de los indios que no fueron extinguidos, se reconoce a estos como “ladinos”, los que no ofrecen resistencia sino que se amoldan para subsistir dadas las circunstancias. Volvemos otra vez al caso de la Malinche, donde ésta se tiene que adaptar para sobresalir en la nueva forma de mundo. Se dice que se adaptaron los que pudieron mentir, los que seguían los rituales de los españoles -y a escondidas continuaban con sus tradiciones-, los que aprendieron a ocultar su doble sistema simbólico.
Armando Ramírez traza un perfil de la identidad del mexicano basándose en sus mitos, los cuales nos llevan a realidades muy severas sobre nuestra condición histórica y actual. Incluso se llega a jugar con la idea naturalista de que somos producto directo de la mezcla de los ladrones, saqueadores y violadores españoles y los mentirosos, oportunistas y tranzas indios, lo cual nos lleva a ser una raza corrupta, que, al igual que la larva de la salamandra, se continúa preservando en su estado primigenio, y con muy pocas posibilidades de salir de su amorfismo.


[1] Roger Bartra, La jaula de la melancolía.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] M. Warner, Alone of all her sex.

ISLA DESIERTA (APOLOGÍAS MUSICALES 2)


Mercedes del Averno
Sonidos catárticos para oídos dóciles y mentes psicotrópicas.



Dethklok
The Dethalbum (2007)
Dethklok, la banda protagonista de la serie animada Metalocalypse del canal de TV Adult Swim, podrá ser una banda virtual, pero The dethalbum es tan real y potente como cualquier producto de la escena de Florida o Escandinavia, la banda toca un death metal efectivo y sobretodo divertido, con impecable producción y ejecución perfecta, la banda más brutal y con más clichés de la pantalla chica headbanguea en serio y con gran calidad. “If murder had a sound that wasn't all screams and terror, it might sound like this” dice la promoción de Adult Swim, aunque Macabre son los padres del murder metal, Dethklok son dignos representantes del abominable subgénero.



Human Drama
14,384 Days Later (1997)
Una de las mejores y más longevas bandas góticas gringas grabó este material en vivo hace más de 10 años, y fue editado en México –donde la banda se ha hecho de una fiel base de seguidores– por la desaparecida Opción Sónica. Las dramáticas composiciones de Johnny Indovina suenan mejor que nunca y su fascinante voz tan pulcra como siempre. La instrumentación es excepcional, con el violín eléctrico tomando las riendas de la melodía en la mayoría de las interpretaciones. Con buenos covers de John Cale (“I keep a close watch”), Leonard Cohen (“Who by fire”) y The Velvet Underground (“Heroin”). Si aún no conoces el Drama Humano este disco en vivo es una excelente carta de presentación.



Tomahawk
Anonymous (2007)
Otro proyecto más de Mike Patton, ese genio loco con más proyectos interesantes que calcetines en sus cajones. Anonymous recrea –nuevamente– un mundo alternativo donde la mezcla de muchas cosas y la insaciable necesidad de experimentación hacen que la música de los nativos americanos, el doom metal, y la locochona interpretación del mismo Patton suenen increíblemente coherentes –y no es sarcasmo–. Las canciones son versiones alternativas de antiguas piezas indias publicadas en forma de libros a principios del siglo pasado. El mejor album de Tomahawk a la fecha, para todo fan de Mr. Bungle, Fantomas, The Executioners, Peeping Tom, Secret Chiefs 3 o Naked City.



Naked City
Torture Garden (1989)
El primer y más emblemático trabajo de Naked City, el proyecto del reconocido saxofonista de jazz John Zorn, es una pequeña y sustancial muestra de las habilidades jazzísticas de sus integrantes y de la capacidad para gritar como maniático de Yamatsuka Eye, el líder de la legendaria banda nipona Boredoms. Creadores indiscutibles y sin competencia del jazz-noise o grind-jazz. Aunque en raras ocasiones se escuche distorsión en las guitarras, la banda se escucha siempre como una banda de metal extremo. Apenas tres rolas de las 42 que contiene el album pasan del minuto, pero es un acierto en este tipo de expresión extrema del jazz. Ultra maniático y mega divertido.



No Smoking Orchestra
Unza Unza Time (2000)
Aunque en los Estados Unidos y en Europa se promocione a la No Smoking como la banda de Emir Kusturica, el reconocido director de obras maestras de la cinematografía como Underground (1995) y Tiempo de gitanos (1988), este proyecto es en realidad encabezado por el vocalista Dr. Nelle Karajlic, pero sin lugar a dudas es gracias a la inclusión de la banda en los soundtracks de las películas de Kusturica lo que ha dado el renombre que merece por méritos propios esta agrupación. Mezcla de una variedad estilos tocados a la perfección y con alegría, la inusual instrumentación –para una banda de rock– enriquece la fusión de ska con ritmos balcánicos, medio orientales, rusos, y demás. No smoking please.



Os Mutantes
A Divina Comedia Ou Ando Meio Desligado (1970)
Universal Music Latino reeditó en el 2006 este album de la mejor banda sicodélica del cono sur –y una de las mejores del mundo–. A divina comedia es probablemente su mejor trabajo, un album que muestra una variedad de estilos e influencias tan disímiles que van de la eventual canción satánica hasta el redentor himno gospel, recurriendo a toda clase de influjos en el trayecto, y sin dejar de lado ese sabor a cannabis que impregna todo su material. Experimentales a más no poder, el trío brasileño aprende pronto de las bandas estadounidenses y británicas y luego da cátedra de sicodelia como el más experimentado maestro.

HOLOCAUSTO 1645

a. e. barrios

And much of Madness, and more of Sin,
And Horror the soul of the plot.
Poe.


1. Elizabeth
La guerra civil devastaba el reino desde hacía tres largos años. Jamás una guerra había sido tan brutal y tan espantosa. Los defensores de la corona y los parlamentaristas luchaban ferozmente regando de sangre y horror rojo las verdes praderas de la bella Inglaterra.
La lisiada anciana se encontraba tranquila en su casa, acariciaba a Sam, su gato, que ronroneaba sobre su regazo cuando escuchó los golpes a la puerta, fuertes, apresurados. Sin esperar a que tomara siquiera su bastón la puerta se abrió violentamente de un golpe brutal. Un par de hombres entraron y le preguntaron si era Elizabeth Clarke. Más personas irrumpieron en su casa, en medio de la confusión escuchó cómo se le acusaba de bruja y de haber hecho pacto con el diablo, un hombre la tomó del cuello y la tiró al piso, Sam salió huyendo. ¿Qué dices, bruja?, ¿qué dices? Elizabeth Clarke sentía ahogarse, el aire se alejaba de su pecho aplastado por la despiadada bota de aquel hombre.
La sacaron sometida mientras sus vecinos observaban, de vez en cuando sentía un empujón violento sobre su espalda. La llevaron hasta el río, una multitud se había juntado a observar aquel insólito espectáculo. Con un golpe que sacó volando su último diente bueno la tiraron al fango. Entre dos hombres la amarraron con sus brazos abrazando su única pierna doblada sobre su pecho, atados los pulgares al dedo gordo del pie. Le pasaron una soga por la cintura y la atoraron a al brazo de un roble que se doblaba como tomando el afluente. Un hombre jaló de la soga y la vieja voló, luego la soltó sobre el agua. Elizabeth Clarke tragó agua espesa y por un segundo estuvo segura de que ese sería el momento de su muerte, pero sintió de nuevo el tirón en su cintura y salió a la superficie, donde la multitud hizo una rara exclamación. Sintió caer de nuevo y tomó un poco de aire. El vacío del agua era la antesala de la nada. El reino de la oscuridad completa se extendía infinito. El tirón de nuevo. La superficie. Gente. Ojos. El caer, el vacío, el agua, la muerte. Elizabeth Clarke volvió a salir del agua y aún vivía, por lo que alguien comentó que era el rechazo del agua lo que la hacía flotar de forma tan antinatural.
Después de esto la encerraron en una celda aislada donde hicieron que se desnudara por completo, el muñón de su pierna amputada asqueó a sus verdugos y la golpearon salvajemente hasta dejarla casi inconsciente, sin fuerzas para suplicar, sólo quería dormir. Dormir un sueño profundo y suave, un sueño calmo que la remontara a otra época, a otro lugar remoto y apacible, lejos de este frío calabozo en que se hallaba, pero nunca la dejaron, cada vez que cerraba los ojos sentía el agua fría o el golpe seco en sus partes nobles.
Como no confesaba su pacto con el diablo, los verdugos le dijeron que se preparara para la pinchada, Elizabeth Clarke no supo a qué se referían y ya ni siquiera tenía fuerzas para suponer lo peor. Aquel hombre de la capa se quitó el sombrero y le explicó que por no haber confesado las cosas que ya se sabían procedería a buscar la marca del demonio. Le mostró una serie de alfileres y agujas que aterrorizaron el menguado ánimo de Elizabeth Clarke. La idea de este procedimiento, le decía con parsimonia aquel hombre, es localizar la zona en que la marca está guardada, ¿cómo localizarla?, por lo general es una zona insensible que no produce sangrado, puede estar en cualquier parte del cuerpo, pero es más común encontrarlas en los órganos reproductores, por lo tanto comenzaremos en dicho lugar. Elizabeth Clarke profería gritos de terror y el dolor y la sangre inundaban su cuerpo, no hubo perforación que no sangrara profusamente y le produjera un terrible dolor.
Con su cuerpo desnudo lleno de sangre y laceraciones la hicieron que se sentara en una mesa, le pusieron el pedazo de pierna amputada bajo la pierna buena y así la amarraron, de tal minuciosa manera que la vieja no fue capaz de moverse un centímetro durante las siguientes veinticuatro horas, después de las cuales la sacudieron calambres tan fuertes que la hicieron temblar hasta caer de la mesa, gritando y blasfemando, y rogando a dios una salida, ¿por qué, dios mío? Abrieron la puerta del calabozo hombres que la golpearon para que se callara, luego la comenzaron a desatar. Cuando pudo destrabar sus piernas un terrible calambre le traspasó todo el cuerpo, tan doloroso que creyó que aquello era la muerte que tomaba al fin su cuerpo. Pero la muerte aún no llegaba. Entre dos hombre la hicieron caminar por horas desnuda como estaba y descalza por el suelo asqueroso de la celda, hasta que su pie se llenó de ampollas y comenzó a sangrar, los hombres la echaron al suelo. Y ella imploró que la muerte llegara pronto, que no tardara.
Cuando estaba por sumirse en la acogedora realidad de un sueño, el agua fría la trajo de vuelta a la mazmorra. Se asustó al ver de nuevo al hombre aquel, pero no tuvo las fuerzas para hacer la más mínima expresión. Creyó escuchar que le hablaba, le decía: ¿cómo conociste al diablo?, pero era una voz lejana, de otro mundo. Como se conocen a todas las personas, escuchó decir a alguien que no era ella, pero aquella voz había salido de ella. Que quede asentado que la acusada ha confesado su diabólico pacto, escuchó decir con confusa voz al hombre que ya salía de la celda, y ella recibía otra vez los golpes y las patadas de aquellos crueles verdugos.
Durante la noche comenzó a sufrir la transformación, primero su boca, que comenzaba a alargarse hasta formar una trompa, un hocico en forma de pequeña probóscide, su dorso comenzó a endurecerse e hincharse, sus piernas comenzaron a encogerse, se le calló un dedo de cada mano y dos de cada pie, y un tupido pelaje corto y negro cubrió toda su piel.
Gracias a su confesión se aprehendieron otras cinco mujeres que habían pactado con el demonio, Anne West y su hija Rebecca, Anne Leech, Helen Clarke y Elizabeth Gooding. Elizabeth Clarke fue colgada, al igual que su madre años atrás, por brujería.


2. Hopkins
Sucedió hace muchos años. A principios del siglo XVII, buscaban la reforma completa de la Iglesia de Inglaterra para amoldarla a sus creencias. Esto provocó una persecución en toda Inglaterra, llegando incluso a considerárseles fuera de la Iglesia (1665). Con las primeras oleadas de emigrantes a América del Norte, salieron muchos de ellos hacia el nuevo mundo donde podían profesar su fe en la más completa libertad. Nueva Inglaterra será el lugar donde se fundará la mayor cantidad de sus comunidades y donde se vivirá un auténtico auge de sus creencias, formando en buena parte el carácter de muchos de los territorios de lo que sería más tarde los Estados Unidos de América, estamos hablando obviamente de los puritanos, aquellos a los que Hawthorne tanto tildó de fundamentalistas. Pero hoy nos ocupa un puritano en particular, que allá por el remoto año de 1646, en un pequeño pueblo de Suffolk, quizá Stowmarket, un pueblo caracterizado por su honradez y su austeridad, yacía completamente borracho en una posada con cerveza de muy buen sabor. Su nombre era Matthew Hopkins y su visión ya estaba nublada por el alcohol, hablaba amargamente con su asistente Jack Stearne y la pinchadora Goody, sobre las quejas de muchos ciudadanos por el impuesto antibrujas.
-Pero qué tan cerca de dios o del diablo estarán, les pregunto a los imbéciles, y no les queda de otra, no les queda de otra.
-Son unos idiotas, jefe, yo creo que han hecho pacto.
-Son todas esas mentiras que se encarga de difundir ese viejo ignorante de Great Staughton. La gente comienza a creer en sus idioteces.
-Ese viejo Gaule no sabe nada de brujas, o no, tal vez eso es lo que quiere que creamos, tal vez tiene pacto.
-Por la corona, Jack, para ti todos deben de haber pactado con el maligno –dijo la temblorosa Goody.
-Cállate, Goody, que si hicieras bien tu trabajo habrías encontrado alguna marca esta semana.
-¡Cada vez son más imperceptibles!
-Tal vez si no hicieras tu trabajo completamente ebria, sabrías encontrar algo.
-John, por favor –intervino Hopkins–, desde que está con nosotros, Mary siempre ha hecho bien su trabajo. No sigan.
El hombre que había solicitado su presencia en Stowmarket llegó, y sin previo saludo le extendió un bolso.
-Aquí está su pago y los nombres de estas personas.
Hopkins tomó con alegría el bolso:
-Su recompensa será grande en el cielo –sentenció con solemnidad.
El hombre salió sin decir más.
-Aquí está la muestra de que hace bien su trabajo –dijo Hopkins sonriendo, mostrando el bolso triunfante, luego se replanó en el respaldo de su silla.
Ja ja ja, rieron los tres.
-Traime otra cerveza, preciosa –pidió Jack mostrando su sonrisa de tres dientes.
Hopkins pareció abstraerse de la realidad clavando su vista en el tarro medio vacío de cerveza, su cerveza que había dejado de probar ya no recordaba desde cuando.
-Viste cómo nos vieron esos riquillos de Ipswich, Goody –dijo Jack súbitamente serio–, se les veía el miedo, malditos, de seguro han pactado, quiero ir por ellos.
-Tampoco podemos acusar a todos, tonto –dijo Goody–, quién crees que son los que pagan nuestros servicios, ¿los pobres?, no, ¿verdad?, son los ricos, idiota, despierta.
-¡Cállate, bruja, no te atrevas a insultarme, tú eres la que hizo pacto, bruja!
-¡Cállate, no te pongas así, bruto!
-¡Ya cállense los dos! ¡Me tienen harto! –Hopkins se levantó de la silla de un movimiento, pero como si se desinflara cayó de nuevo en la silla y posó su cara en la mesa a un lado del tarro.
-Preciosa, por favor, acompaña al general a su habitación. No, el bolso se queda aquí, tú acompáñalo. Vamos, general, ya es hora de dormir, esta belleza lo va acompañar.
-Bueno, caballeros, damas, me retiro, buenas noches, cuiden bien los honorarios –y tropezándose, sin abrir los ojos, Hopkins se retiró sosteniéndose en aquella joven prostituta.
-Deberías de largarte también, Goody, no tengo ganas de estar viendo tu horrible cara.
-¡Vete al diablo, imbécil!
-No estoy jugando, Goody, si no te vas te voy a estrellar este puño contra tu nariz con todas mis fuerzas las veces que necesite para sacar todo el coraje que tengo en mí.
Goody se levantó:
-Estás loco.
-No, nada más soy más fuerte que tú.
Goody salió.
-¿Oye, preciosa, por qué no dejas esos platos y vienes conmigo?
-¡Señor, yo sólo soy cocinera!
-La cocinera más hermosa que han visto este par de ojos que han atravesado la grandiosa Inglaterra, tan grande y diversa que en un pequeño pueblo de Suffolk han hallado a la cocinera más bella del reino.
-Estamos en Stowmarket, señor.
-Lo sé, lo sé. Ven.
La ciñó de la cintura y la sentó en sus piernas con violencia, la joven cocinera gritó. Calló su grito de un puñetazo que le partió los labios.
-No grites. ¿Sabes cómo se puede identificar a una bruja? Por lo general las brujas se ven deformes, son feas, han enfermado por sus hechizos, son viejas de cientos de años, a esas se les detecta con cierta facilidad, tienen características externas. Pero hay otras que no son así, por el contrario se ven de lo más normales, como tú –la apretó con más fuerza–, algunas incluso son hermosas, como tú. Te voy a decir cómo se detectan esas brujas: si sientes el “calor” en el miembro, esa tentación demoníaca, y éste se endurece, es una clara prueba de la presencia del demonio. Yo siento eso contigo. No llores, si no quieres que te lastime, no llores. Esto se puede resolver de dos formas: puedo presentar la acusación de que hay clara evidencia de presencia demoníaca en tu persona y por lo tanto enjuiciarte por brujería y pacto con el diablo; y, por otro lado, puedes complacer a Satanás esta noche, puedes dejar que se satisfagan todos los caprichos del Príncipe de las Tinieblas sobre la disposición de tu cuerpo y sus orificios, bruja. Porque sabes quienes somos, ¿no es así? Y sabes quién es mi general, ¿no es cierto? –la joven cocinera miró los ojos rojos encendidos de aquel hombre brutal y vio en ellos el destello diabólico de la perdición, el terror recorrió todo su ser y su voluntad acabó rendida– ¡Matthew Hopkins, maldita sea! ¡Matthew Hopkins, General Buscabrujas! ¡El más grande bastardo que ha dado Inglaterra jamás! (1)



(1) En marzo de 1645, sin más conocimiento sobre brujería que el detallado en la Demonología de King James primero (Edimburgo, 1597), El maravilloso descubrimiento de brujas en el condado de Lancaster de Thomas Potts (Londres, 1613) y Una guía para el gran jurado de Richard Bernard (Londres, 1627, 1629), Matthew Hopkins (1619?-1647?) comenzó su lucrativa carrera como el “General Buscabrujas”. Junto con sus secuaces, y en sólo 14 meses, Hopkins fue responsable por la condena y ejecución de más de 230 supuestas brujas.
Montague Summers (1880-1948) un sacerdote católico, eminente catedrático del Trinity Collage de Oxford, prolífico autor que escribió extensivamente sobre el lado oscuro de la brujería, demonología y vampirismo, y que creía empecinadamente que las brujas eran sirvientes de Satanás, y que merecieron todos los castigos que recibieron a través de la historia, describe a Matthew Hopkins como “un puritano ortodoxo fundamentalista, fundamentalismo adoptado por conveniencia, más que por convicción, tenía tanta energía como le concernía a sus bolsillos, y su cruzada, de un lado a otro por los condados orientales, que creó algo así como un reino de terror en la época, ha hecho que su nombre hieda en las narices de todas las personas decentes desde entonces.”




CINECLUB LOS CARACOLES

ACCIÓN MUTANTE

Dir. Alex de la Iglesia
España, 1993.



Somos peligrosos,
somos guerrilleros,
terroristas diletantes,
tiembla mientras puedas,
ésto no es un juego:
es Acción Mutante.



Acción Mutante inicia con las imágenes brutales de un secuestro fallido, el primer largometraje de Alex de la Iglesia es en sí una brutal comedia negra de ciencia ficción, donde una cofradía de minusválidos y adefesios resentidos con el gobierno y la estética imperante, dedica sus esfuerzos a destruir aquello que les recuerda su situación, por eso secuestran y matan fisicoculturistas y promotores de belleza, resentidos con una sociedad que sublima la belleza física y denosta lo que no encaja con el ideal estético. En un futuro estrambótico y decadente, con viajes interplanetarios y asesinatos fortuitos el grupo Acción Mutante secuestra en una boda-masacre de antología al compás de "Aires de fiesta" de Karina, a la novia, hija del Industrial Millonario, un déspota despiadado sin escrúpulos, lo que desata una persecución que no tendrá final feliz, o quizá sí. Haciendo mofa del periodismo amarillista, refuncionalizando el síndrome de Estocolmo, y llevando el absurdo y la mortandad a niveles inesperados de comicidad, Acción Mutante es un tour-de-force altamente recomendable.

LA GALATEA Y LOS QUIJOTES, UNA TRILOGÍA NARRATIVA

EZD








I

Ninfa, de Doris hjia, la más bella.
Adora, que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre, y dulce en ella
El terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
Lucientes ojos de su blanca pluma:
Si roca de cristal no es de Neptuno,
Pavón de Venus es, cisne de Juno.

Si designamos esta octava gongorina para resaltar la belleza de la obra Cervantina, tal vez no estaríamos exagerando demasiado. Así como Góngora exalta la belleza física y el virtuosismo de su Galatea mitológia, Paula Ann Kellar[1] exalta la genialidad de Cervantes en toda su obra como unidad. La propuesta de Kellar consiste en mostrar patrones, indicios, y algunas obviedades que hacen pensar que las novelas cervantinas, La Galatea y los dos Quijotes forman una trilogía narrativa, “los Quijotes I y II (1605, 1615) deberían de ser considerados como las secuelas perdidas de La Galatea[2]. El núcleo del modelo pastoril de La Galatea es una situación de amor imposible –la historia de Elicio y Galatea– con su drama interno de amor contra matrimonio arreglado, no resuelto en el texto de La Galatea, y esta situación, junto con otras historias, situaciones dramáticas, incluso pesonajes de La Galatea, son vueltos a ver en los dos Quijotes.
El final de La Galatea cae y muchas de las historias son interrumpidas, quedando inconclusas y Cervantes promete una secuela: “El fin deste amoroso cuento y historia, con los sucesos de Galercio, Lenio y Gelasia, Arsindo y Maurisa, Grisaldo, Artandro y Rosaura, Marsilo y Belisa, con otras cosas sucedidas a los pastores hasta aquí nombrados, en la segunda parte desta historia se prometen, la cual, si con apacibles voluntades esta primera viere recibida, tendrá atrevimiento de salir con brevedad a ser vista y juzgada de los ojos y entendimiento de las gentes.”, la promesa vuelve a aparecer tres veces más en el resto de la obra cervantina, en el capítulo VI del primer Quijote, y en los prólogos de la segunda parte del Quijote y en Los trabajos de Persiles y Segismunda. Sin embargo, como Kellar señala, no existe ningún indicio de que escribió algo ni de que tuvo intenciones de hacerlos. Tal vez era solo una forma de provocar al lector, o tal vez, como era usual en la novela pastoril, para dejar libre el camino para que algún otro escritor la escribiese, pero hay que tener presente que Cervantes atacó el Quijote apócrifo de Avellaneda.
El modelo usado en La Galatea era el que impuso Montemayor con su Diana (1559): una mezcla de prosa y verso, historias intercaladas, casos de amor, una égloga representable, cartas, un largo elogio en verso de los poetas contemporáneos; y que influenciaría la proclamación de los cánones poéticos establecidos por Fernando de Herrera, suma autoridad en cánones poéticos, que condenaba cualquier tipo de violencia en el campo pastoril: “La materia desta poesía es las cosas i obras de los pastores, mayormente sus amores, pero simples i sin daño, no funestos con rabia de celos, no manchados con adulterios; competencias rivales, pero sin muerte i sangre.”[3] Cervantes los conocía bien y deliberadamente los rompe presentando una novela totalmente encajada en el modelo estructural pastoril, pero con la presencia de celos, traiciones, venganzas, violencia y muerte, un efecto que marca la incursión, en el idealizado mundo pastoril, de la realidad. Como al final del sexto y último libro de La Galatea, donde Elicio, el símbolo del ideal pastoril, termina dispuesto a ganarse a Galatea a fuerza de puños.
La convención de la novela pastoril necesitaba una extensión, como señalan muchos cervantistas, que se hace evidente en su limitación estructural y sobretodo semántica. Cervantes hace uso de una serie de historias intercaladas cuya intención va más allá del ocasionar divertimento en la lectura. Se establecen diferentes perspectivas: “el arte cervantino hace florecer tres brotes de la misma semilla: el trágico amor desecho en sangre de Lisandro, idílico de Teolinda y el contrariado de Rosaura.”[4] De esta manera Cervantes, además de usar los preceptos neoplatónicos que regían al siglo XVI, hacía uso de una diversa gama que implicaba “una complejidad conceptual que representa no tanto una multiplicidad de teorías, sino una variedad natural del ángulo de incidencia de ese amor sobre las vidas noveladas.”[5]
Las intervenciones realistas de Cervantes marcan un encuentro de dos vertientes que no llegan a disolverse, ya que por un lado se encuentra el mito y por otro el realismo. A este fenómeno Avalle-Arce llama movimiento novelístico pendular, a ese fluctuar entre los problemas reales y las representaciones artificiales de éstos. John G. Weiger señala, con respecto a La Galatea que “si algunas veces tendemos a descartar la pastoril porque los pastores y pastoras no son reales, es porque no llegamos a apreciar que su escape de una existencia prosaica los lleva a un mundo que, aunque físicamente artificial, es emocional e intelectualmente una existencia real.”[6]


II

Guarnición tosca de este escollo duro
Troncos robustos son, a cuya greña
Menos luz debe, menos aire puro
La caverna profunda, que a la peña;
Caliginoso lecho, el seno obscuro
Ser de la negra noche nos lo enseña
Infame turba de nocturnas aves,
Gimiendo tristes y volando graves.

Tal vez resulta un poco exagerado citar los versos de Góngora para marcar la visión que Cervantes tenía de la realidad que lo rodeaba: la de la decadencia del imperio español (y de la sociedad misma), pero serviría muy bien para recalcar el efecto que la intrusión de la realidad produce en este mundo ideal que es el relato pastoril, y que podría considerarse como una subversión del modelo renacentista heredado de Montemayor, introduciendo tensiones y problemas que no podían ser contenidos dentro del modelo y convenciones narrativas de la novela pastoril.
Tanto la necesidad de Cervantes (y de la literatura en general) por expresar de alguna manera la realidad adyacente; la estructura misma de La Galatea (su historia inconclusa que promete ser terminada); y el resto de la obra cervantina, llevan a Ruth El Saffar a expresar lo siguiente: “el texto no integral producido en La Galatea, protege la integridad de la visión y estimula trabajos exitosos donde el uno y el otro son explorados y finalmente dan un resultado… Don Quijote y Sancho son el siguiente paso natural en la evolución.”[7]
En la primera parte del Quijote nos encontramos de nuevo con elementos pastoriles, y algunos episodios envuelven claramente elementos de La Galatea, pasados por el prisma de la irónica movilización que hace Cervantes del género de la novela de caballerías. Por ejemplo la historia de Gelasia, Galercio y Lenio de La Galatea, se repite en el Quijote, pero los pastores ahora son Marcela, Crisóstomo y Ambrosio, asimismo, Mirena, Silveria y Daranio de La Galatea tienen su correspondencia en el Quijote con Basilio, Quiteria y Camacho, Lauso-El Cautivo, y si se mira simbólicamente, se puede establecer una correspondencia entre Galatea y Dulcinea (la idealización), Elicio y don Quijote (el ideal poético), y Erastro y Sancho (el ideal rústico). Así encuentran conclusión estas historias, interrumpidas al final de La Galatea, haciéndonos suponer una especie de continuación.
En el sexto capítulo de la primera parte del Quijote, el escrutinio a la librería de don Quijote, uno de los libros examinados es La Galatea y el cura dice que “muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entretanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.” Al principio del noveno capítulo nos damos cuenta de que el texto completo fue escrito en árabe por Cide Hamete Benengeli, y lo que leemos es una traducción. En la segunda parte del Quijote, don Quijote y Sancho se enteran de que sus aventuras han sido escritas y que ya andan circulando (la primera parte del Quijote). Con este juego de ambigüedades, Borges recuerda otros casos similares, como el de Hamlet, que en un escenario dentro del escenario se representa una tragedia, que es más o menos la misma de Hamlet; el caso extraordinario del Ramayana, donde se narran las proezas de Rama y su guerra con los demonios, y en el libro final, los hijos de Rama, que no saben quién es su padre, buscan amparo en una selva, donde un asceta les enseña a leer, ese maestro es Valmiki, y el libro que estudian es el Ramayana, Rama ordena un sacrificio de caballos, a esa fiesta acude Valmiki con sus alumnos, éstos cantan el Ramayana y Rama oye su propia historia, reconoce a sus hijos y recompensa al poeta; otro caso es el de Las mil y una noches, donde en la noche DCII el rey oye su propia historia, oye el principio de la historia, que abarca todas las demás, y también así misma, la trunca historia –dice Borges– se vuelve infinita y circular, el rey la escuchará para siempre; Borges también menciona el caso de Carlyle, que dice que “la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.”[8]
Kellar en estos juegos encuentra una visión globalizadota, una unicidad. El cura dice que espera la continuación de La Galatea que “quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega” estando él mismo en esa continuación enmendada que resulta el primer Quijote. En la segunda parte don Quijote y Sancho se enteran de la narración de sus aventuras en forma de libro, y hablan del primer Quijote, estando en una etapa posterior a esa continuación enmendada, y que responde con un efecto de retrospección en cuestión de la forma de la novela. Kellar dice: “la envolvente novela pastoril ‘muta’ de La Galatea al primer Quijote, es decir, se vulva tópico el tiempo histórico y el cambio, la forma narrativa que se vuelve más evidente –y explícita en la segunda parte del Quijote– es la de la formación misma de la novela.”, y explica: “La identidad pastoril e historia de Elicio en La Galatea, y la identidad caballeresca de don Quijote en los Quijotes, son instrumentos narrativos, modos, que sirven para representar el advenimiento o proceso del descubrirse a sí mismo de Alonso Quijano (y de la aristocracia que él irónicamente representa), un proceso de adaptación a la modernidad. El paso de la pastoril a la bildungsroman.”[9]


III

Un monte era de miembros eminente
Este (que, de Neptuno hijo fiero,
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero)
Cíclope, a quien el pino más valiente,
Bastón le obedecía tan ligero,
Y al grave peso junco tan delgado,
Que un día era bastón y otro cayado.

Esa podría bien ser una de las formas de describir a Cervantes: como uno de los míticos cíclopes descendientes de los dioses del ver. Si es que su visión abarcaba su obra de esa manera, como Kellar señala, tendríamos que reconocer que la genialidad de Cervantes va más allá de lo que el más apasionado cervantista creería. Son muchos los indicios y demasiadas las tentaciones de hacer esa lectura y percatarse de que es tan real como parece. La misma Kellar dice que “tal vez las conexiones entre los trabajos son menos una continuación formal que una abierta y continua corriente de conciencia que nos lleva a casi verlos como una trilogía deliberada.” A lo largo de la obra cervantina ocurren correspondencias similares, como El entremés de los romances, que retoma las situaciones indefinidas de La Galatea y empieza a sugerir las invenciones caballerescas de los Quijotes. Otra correspondencia es la que Avalle-Arce hace con La española inglesa y el Persiles.[10] También podríamos mencionar aquel pasaje en el primer Quijote donde Sancho cuenta la historia de Torralba y Lope Ruiz,[11] y cuando éste esta pasando sus trescientas cabras por el río le pregunta Sancho a don Quijote cuantas han pasado, don Quijote no sabe, y dice Sancho: “He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues por Dios que se ha acabado el cuento, que no hay pasar adelante.” Don Quijote le contesta: “Dígote de verdad que tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo, y que tal modo de contarla ni dejarla, jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo, pues quizá estos golpes, que no cesan, te deben de tener turbado el entendimiento.” Tal vez eso es lo que ocurre con La Galatea, tal vez fue deliberadamente interrumpida, y eso generó “una de las más nuevas consejas que nadie pudo imaginar en el mundo.”
“Y así es la verdad”,[12] es la frase favorita de Cervantes, que marca la ambivalencia del discurso literario y que nos deja un número enorme de posibles interpretaciones. Como ya lo exploró Borges en su Pierre Menard, autor del Quijote, y que por otro lado propone la lectura anacrónica,[13] que en todo caso resulta una justificación para esta lectura.
Maxime Chevalier dice: “Don Quijote no refiere la historia de una vida; Don Quijote no es ninguna educación sentimental, ningún itinerario intelectual”,[14] es, más bien, un segmento en una vida, la de Alonso Quijano, que marca ese paso decisivo donde las formas y las perspectivas cambian, se transforman, evolucionan y alcanzan un nuevo paradigma, una nueva verdad, más elaborada, compleja y verdadera. Así, funciona como metáfora a esa misma metamorfosis que provocó Cervantes en sus novelas. No por poco dijo, en el Viaje del Parnaso: “Yo soy aquel que en la invención excede/ a muchos.”

[1] Paula Ann Kellar, From La Galatea through the Quijotes: the historicization of the pastoral in Cervantes. University of Pittsburgh (1999), www.cervantesvirtual.com
[2] Ídem.
[3] Paul Groussac señala: “Con alguna mal fijada tintura de latín e italiano, la cosecha literaria de Cervantes provenía sobretodo de las novelas pastoriles y las novelas de caballerías, fábulas arrulladoras del cautiverio.”; y Borges dice al respecto que “el Quijote es menos un antídoto de esas ficciones que una secreta despedida nostálgica.”
[4] Juan Bautista Avalle-Arce, en la Introducción a La Galatea, ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1961.
[5] Ídem.
[6] J. G. Weiger, In the Margins of Cervantes, 1988.
[7] R. El Saffar, La Galatea: the integrity of the unintegrated text.
[8] Octavio Paz a su vez dice: “El artista se inclina sobre su obra y no ve en ella sino su propio rostro que, atónito, lo contempla”, El arco y la lira.
[9] Voz germánica asignada para nombrar a la novela concerniente con los años de formación y desarrollo de una persona, en este caso la novela misma.
[10] “Se puede decir que La española inglesa es una miniatura del Persiles… El novelista establece así una cadena de continuidad e intensificación temáticas entre Persiles I-II, La española inglesa y Persiles III-IV”
[11] Que en La Galatea había aparecido como la historia de Rosaura y Grimaldo.
[12] En la época era común llamar al doble sentido: “engañar con la verdad”.
[13] Atribuir obras a otros autores, en otras épocas.
[14] Maxime Chevalier, Cinco proposiciones sobre Cervantes, 1990.

ISLA DESIERTA (APOLOGÍAS MUSICALES 1)


Mercedes del Averno
Sonidos catárticos para oídos dóciles y mentes psicotrópicas.




ARCTURUS
Sideshow Symphonies (2005)
Cuarto álbum de estudio de esta sorprendente banda noruega con raíces bien cimentadas en un crossover de rock espacial, metal progresivo, opera rock y black metal, no sin una ligera pizca de humor y mucha ironía. Las nueve rolas de Sideshow Symphonies son un despliegue de habilidades sicomotoras de los seis integrantes de la banda, resaltando la gloriosa interpretación del guitarra líder Knut Valle, la odisea metálica del impío Hellhammer (Mayhem), y por supuesto el teclado espacial del Capitán Steinar Sverd y las angelicales voces de Simen Hestnaes, antes Trickster G. Rex, antes G. Wolf, el animalesco Garm de Ulver, el Rita Cantalagua de Noruega.
Destaca "Shipwrecked frontier pioneer" sumergida en el fin de una exploración catastrófica, interpretada al más puro estilo del rock espacial, una saga de nostalgia y grandiosos riffs metaleros, y "Evacuation code deciphered", otra joyita de la narrativa borgeana y sus gozosas vueltas de tuerca. A la altura de sus anteriores obras maestras La Masquerade Infernale (1997) y The Sham Mirrors (2002).


FANTÔMAS
Suspended Animation (2005)
El fantasma volvió en el 2005 con este álbum de material original, y regresa al estilo caótico cortado y preciso de su primer disco. Los que se sintieron un poco decepcionados de Delirium Cordia (2003) y su único track ambiental de 1 hora, se sentirán de nuevo en casa con Suspended Animation y sus 30 festividades en miniatura en apenas 43 minutos, una orgía de guitarrazos, platillazos y gritos desaforados –chequen la palabrita, eh?–.
Mike Patton (Mr. Bungle, Faith No More), Dave Lombardo (Grip Inc., Slayer), Buzz Osborne (Melvins) y Trevor Dunn (Mr. Bungle) integran esta banda de vanguardia con el nombre del mítico cómic mexicano, y cuyo estilo se asemeja un poco al estilo del primer Naked City de John Zorn y al de los nipones revolucionados de The Boredoms. Una seria recomendación para los que gozan de la irreverencia y la precisión caosónica. Ilustrado alegremente por Yoshitomo Nara.


KRISIUN
Bloodshed (2004)
Esta banda brasileña ganó gran reputación a nivel mundial como uno de los mejores representantes del thrash extremo del nuevo milenio, siguiendo fielmente a la vieja escuela de Morbid Angel, Deicide, Slayer, y el viejo Kreator, esta banda impresionó a propios y extraños por su furia y velocidad a la hora de interpretar sus satánicos temas llenos de riffs endemoniados y solos delirantes y superveloces y el doble bombo de su batería, ese doble bombo perpetuo que nunca baja de velocidad y refleja con precisión matemática la monótona tortura del infierno.
Bloodshed contiene 8 temas nuevos y los 4 de su primer MCD titulado Unmerciful order (1993). Dos de las rolas nuevas son atmosféricas y las otras 6 son dignas representantes de su talento para lo extremo, las cuatro viejitas son una clara muestra de que este grupo no es broma. Un agasajo infernal para los amantes del metal extremo.


LOS SUPER SEVEN
Los Super Seven (1998)
Este es el disco debut de este súper proyecto de Dan Goodman, un grupo latino, integrado por artistas chicanos y gringos de Texas, y Los Ángeles, con David Hidalgo y César Rosas de Los Lobos, Freddy Fender, Steve Berlin, y Flaco Jiménez. Disco ganador del Grammy en la categoría a mejor álbum de música regional mexicana, Texmex o algo por el estilo, eso es lo de menos, lo importante es que es un disco maravilloso, con canciones mexicanas como "Mi ranchito", "El ausente", "Un lunes por la mañana", "La sirena"; texanas como "Plane wreck at Los Gatos (deportee)", y un par de originales, todas interpretadas magistralmente por estos veteranos del rockabilly y el acordeón. Súper recomendado.


JARAMAR
A Flor de Tierra (1999)
Hace ya diez años desde que escuché a Jaramar por primera vez, y la sensación de asombro sigue intacta, ¿cómo es posible que este proyecto sea tan poco conocido en México? Haciendo uso de todo un abanico de instrumentos antiguos y no tan antiguos el director musical de la agrupación Alfredo Sánchez y la sensual voz de su compañera Jaramar, dan vida a canciones antiguas de manera memorable.

A flor de tierra es un recorrido por la tradición del folclor mexicano y latinoamericano, con canciones como "Llorona", "El pescador", "La ixhuateca", "Casa en el aire", que se aparta de la tradición actual y nos sumerge en un mundo onírico de tiempos ambiguos y remotos que parece que nunca se han ido.


VICENTICO
Los Rayos (2004)
Con el acertado cover "Los caminos de la vida", este disco debut como solista de Vicentico (Fabulosos Cadillacs) no podría tener un mejor comienzo, conozco gente que escucha esta canción diez veces seguidas y luego la vuelve a poner, es un efecto de ebriedad sonora y sentimental muy profundo. El resto del disco contiene grandes manifiestos como "Las armas", "El engaño", "El cielo", "El tiburón" –de Rubén Blades–, donde la voz sabrosa y quejumbrosa de Vicentico acompaña a la perfección los arreglos de metales y percusiones.

En "El tonto" participa Julieta Venegas tocando el acordeón y haciendo los coros, en una forma totalmente intrascendente, un pequeño pero que no empaña el logrado trabajo de fusión de música caribeña y latinoamericana con toques de bossanova y funk.






UN ACERCAMIENTO ANACRÓNICO A LA CELESTINA

EZD


No hay obra alguna fundada en el estudio
del natural que no tenga en Rojas su
ascendencia, aunque sea remota e invisible.

MENÉNDEZ Y PELAYO



Hace poco fui testigo de la muerte de uno de los proyectos novelísticos más interesantes que he conocido de escritores regionales. Hace unos meses me encontré con un ex compañero de la escuela de Letras, me platicó –entre otras cosas– sobre su proyecto de novela, de título tentativo La tragicomedia de la Celestina de Rojas o algo por el estilo. Mi amigo se refería sin vacilar a La Celestina de Rojas como la primer gran novela moderna, antecedente directo del Quijote. Me mostró su primer capítulo, donde un joven Rojas comienza la redacción de su monumental obra. En este capítulo el mismo Rojas narra a través de una serie de cartas enviadas a su primo y poeta Domingo Segundo, su intención de concretizar una obra dramática que acaba de comenzar a redactar para ser leída y no representada, y da un trazo general a los personajes principales de La Celestina. La forma epistolar de este único capítulo que tuve la oportunidad de leer es impecable, la serie de cartas se leen veloces, aunque estén redactadas en el español del siglo XV, una tras otra hilvanan una historia que se vislumbra grandiosa. Pero me acabo de enterar que mi amigo ha quemado todos los manuscritos de su Celestina. Es inútil, me dijo, es inútil, soy otro tonto Pierre Mennard, cualquier edición crítica de La Celestina será mejor que mi novela, no hay de otra, es inútil, lo quemé todo, me dijo y siguió su camino apurado. La curiosidad nació en mí y para mi fortuna tuve la oportunidad de adquirir a precio bajísimo la edición de pasta dura de Biblioteca Clásica Castalia, a cargo de Peter E. Russell, con introducción y notas de él. Una edición realmente de lujo. Y comencé a leer La Tragicomedia de Calisto y Melibea por segunda vez en mi vida -la primera vez fue en la clase de Literatura Española-. Este es mi punto de vista sobre la obra de Rojas, la extinta novela de mi amigo y su quimérica misión.
El hecho de que Marcelino Menéndez y Pelayo haya incluido a La Celestina y sus posteriores imitaciones en los Orígenes de la novela, no es realmente para llamar la atención. En su aparición –1499–, de forma anónima y sin título, se le tomó simplemente, sin mayores discusiones, como una obra dramática, y es así -a simple vista- como fue concebida. Pero debido a las transgresiones que hace del género, a su extensión, y a algunas escenas en las que la acción es sustituida por largas peroratas, se hace difícil imaginarse su representación en un escenario. Pero es sobretodo la gran influencia que tuvo La Celestina en las posteriores novelas picarescas, en El Quijote, y en toda la posterior obra narrativa occidental, lo que hace que estudiosos como Menéndez y Pelayo y mi compañero establezcan ese vínculo de la obra de Rojas con el género novelesco.
Sin embargo, en los estudios de géneros tiende a perderse esa relación, y no se hace mención de La Celestina ni siquiera como un antecedente de la novela moderna, relegándola –supongo yo– a su condición de obra dramática. Suelen distinguirse dos posturas: unos afirman que la novela nace con la llamada novela erótica en Grecia[1], otros la caracterizan como sucesora de la epopeya y producto típico de la burguesía y de la secularización. Es decir que hacen una distinción entre la novela clásica, y la novela moderna, a partir del Quijote. Pero me llama mucho la atención el hecho de que ambas posturas presentan las bases del Quijote siempre en la novela de caballerías, por obvias razones, pero ¿y qué? El Quijote es una sátira de las novelas de caballerías y las imita en muchos de sus aspectos pero siempre con un sentido irónico, anteponiendo una gran distancia con aquellos libros. Si me preguntan a mí, yo diría que está más cerca de La Celestina que del Amadís.
Se habla de la epopeya como iniciadora de una tradición que hace posible el surgimiento de la novela moderna, y en muchos sentidos es obvia la correspondencia. Ambas narraciones largas tienen en común que evocan un mundo extenso y diversificado, que desarrollan una historia en un espacio y un tiempo, poblada de figuras que experimentan un conflicto, Ahora bien, ambas formas lo plasman desde enfoques ideológicos, filosóficos y formales considerablemente distintos.
“La epopeya configura una totalidad vital por sí misma conclusa; la novela intenta descubrir y construir configuradoramente la oculta totalidad de la vida.”[2]
En la epopeya se advierte la convicción de que existe un orden universal jerárquico incuestionable que, lógicamente, da lugar a un mundo íntegro que se nutre de temas míticos, heroicos y legendarios con ingredientes históricos. “La concepción que subyace al despliegue de los acontecimientos es la de su validez atemporal o supratemporal.”[3] Los héroes épicos son tipos antes que individuos personalizados, su carácter y temperamento son rectos y aproblemáticos en el sentido de que se mueven dentro de unas coordenadas y unos ideales fijos y aceptados por toda la comunidad. El héroe épico es un héroe público. Ello conlleva también el escaso margen para un desarrollo individual de la personalidad, el héroe es como es, permanece estático a pesar de los obstáculos, si tiene que morir muere sin posible dinamismo evolutivo; no le falta cierto rasgo mecanizado. También son patrimonio común los objetivos y los motivos que mueven a los protagonistas.
En cambio, la novela surge de una cosmovisión individualizada y subjetivizada en la que se cuestionan los valores éticos y religiosos, hecho que trae consigo una desestabilización. El sosiego y la estabilidad tradicionales del mundo épico son precisamente lo que se cuestiona. Por consiguiente, las figuras novelescas son individuos o grupos de individuos problemáticos expuestos continuamente a tomar decisiones ante las exigencias que plantean las discrepancias entre ideal y realidad, entre postulados personales y mundo externo. En ello no es tan decisivo el condicionamiento externo, sino la evolución interna de la figura, en ciertos tipos de novela incluso se renuncia casi totalmente a una historia externa basando la problemática en un análisis psicológico.
En La Celestina el espíritu decididamente realista de Rojas se traduce sobretodo en su mordaz caracterización psicológica de los personajes, que carecen de toda idealización. Debido a su concepción se le ha llamado incluso “novela dialogada”.
Es evidente, como lo señaló Menéndez y Pelayo, la deuda que tiene la novela con La Celestina, aunque como él mismo señala, no es su propósito sostener que es una obra novelesca. “La Celestina, [...], es un poema dramático, que su autor dio por tal, aunque no soñase nunca con verlo representado”.[4] Pero ¿por qué?, ¿con qué lógica hizo su obra así? “El autor escribió para ser leído, y por eso dio tan amplio desarrollo a su obra, y no se detuvo en escrúpulos ante la libertad de algunas escenas, que en un teatro material hubieran sido intolerables para los menos delicados y timoratos.”[5]
El propio Menéndez y Pelayo señala que hay un pasaje en el prólogo que “parece indicar lo contrario: ‘quando diez personas se juntaron a oyr esta Comedia’. Pero a mi ver, no se trata aquí de verdadera representación, sino de lectura entre amigos.” Pues claro, yo no veo dónde esté indicando lo contrario, claramente Rojas utiliza el verbo oír en su forma antigua por escuchar y no otro, y no creo que en las lecturas en grupo exista otra forma de percepción que no sea la auditiva. Así vemos que el mismo Rojas nos da la pauta para la forma en que abordaremos su libro, como un libro de lectura, y no una obra representable. “Para disculpa de lo cual todo, no sólo a vos, pero a cuantos lo leyeren, ofrezco los siguientes metros.” Dice en “El autor a un su amigo”. Es, pues, un libro de lectura y no de representación.
Y es esto lo que llama mi atención, en su concepción existe ya la semilla de lo que vendrá a derivar la novela, pues surge de una necesidad –como la de la novela– de descubrir la oculta totalidad de la vida. Y así nos encontramos con una historia tan rica en matices como en sabiduría humanista.
Conocemos la obra, los amores de Calisto y Melibea, y la mano de la alcahueta Celestina metida en medio, dos inocentes nobles enamorados, inmersos en el bajo mundo de hechiceras, prostitutas y mozos bandidos, ¿pero son realmente inocentes? Rojas deja bien en claro que su libro es precisamente para prevenirnos de las pasiones desenfrenadas que tanto gozo causan y tanto gozo, oh, nos dan. ¿Pero cómo podemos tomarlo en serio, si vemos a los personajes de la obra regodearse y gozar a sus anchas cada vez que pueden, pues es la única recompensa real que reciben en este mundo pasajero? Rojas más bien parece un autor bien sarcástico y hasta cruel, porque ¿qué necesidad había de que al final de la obra, sin previo aviso, Calisto cayera y muriera circunstancialmente, como golpeado por el destino –más bien por la lúdica pluma de Rojas–, y al saberlo Melibea decidiera suicidarse frente a su dolido padre? La muerte de Calisto más que trágica se me antoja cómica por patética, y lo posterior sí un verdadero ejemplo moralizante de parte del autor.
No me quedan dudas de que Rojas al escribir su obra no dejó nunca de lado su humor sardónico. El nombre con que aparece la segunda edición -Comedia de Calisto y Melibea– no puede considerarse menos que irónico, por no decir sarcástico. En la cuarta edición aparece con el nombre de Tragicomedia de Calisto y Melibea. El autor nos dice en el prólogo que fue el primer autor, el del primer capítulo, el que le puso el título de Comedia porque al principio era puro gozo, pero que ahora él le ha puesto Tragicomedia porque va más con lo que sucede. Yo creo que aquí hay un juego de Rojas. En “El autor a un su amigo” incluye una parte donde menciona que tal vez el autor del primer acto sea Juan de Mena o Rodrigo Cota, pero sin ningún indicio real, como para despistar y darle veracidad a su proyecto discursivo. Lo llamo proyecto discursivo tomando una postura anacrónica –del tipo de la lectura anacrónica que propone Borges en su “Pierre Mennard”– y visualizando la obra como una novela moderna, la cual si nos dejamos llevar por los hechos y la imaginación resulta de una factura impecable y muy efectiva, quizás demasiado buena. Quiero decir que en base a la concepción actual de novela como “el reino de la libertad, libertad de contenido y libertad de forma, y por naturaleza (resulta ser) proteica y abierta. La única regla que cumple universalmente es la de transgredirlas todas, y este aserto debe figurar en el preámbulo de toda exposición sobre el comentario o lectura crítica de la novela.”[6]
Como se estila en la novela moderna, podríamos ver en La Celestina una obra que trabaja en su forma por ser representativa de su momento socio-histórico, es decir, que trata de plasmar en su estructura parte del significado total de la obra, ya sea de forma simbólica, atmosférica, o rítmica. En La Celestina el autor habría escogido la forma de la tradición literaria del momento, pero obviamente sólo como modelo a seguir con toda la libertad necesaria para transmitir lo que realmente se quiere decir. Así, La Celestina fue concebida como un drama, una obra dialogada en la que serían los personajes mismos los que cobrarían vida al hacerse escuchar, a veces como melosos trovadores, a veces como grandes filósofos y a veces como simples mortales. “Concebida como una grandiosa tragicomedia, no podía tener más forma que el diálogo del teatro, representación viva de los coloquios humanos, en que lo cómico y lo trágico alternan hasta la catástrofe con brío creciente.”[7] Y luego el mismo Menéndez y Pelayo dice que “si es drama, no es novela. Si es novela, no es drama”. Suena lógico. Pero también un poco ortodoxo. ¿Por qué no? Yo me acuerdo de El beso de la mujer araña que es una novela dialogada y es indiscutiblemente una novela. Y así hay muchos ejemplos en la narrativa contemporánea, en la que existen también verdaderos híbridos y las clasificaciones de géneros se hacen cada vez más complejas.
La Celestina me parece, haciendo el ejercicio de Pierre Mennard, una obra todavía más grande que la creada por Rojas. Un autor contemporáneo escribiendo en esa forma -otra vez- tan arcaica, y con esa capacidad para copiar el estilo de la época y aparte hacerse pasar por un escritor que copia el estilo de otro escritor, y que ese escritor que copia el estilo del primer escritor es copiado por un tercer escritor menos bueno que mete cuchara a la sopa se me antoja al más puro estilo del Quijote y su modernidad.
Y aunque la propuesta de Borges es aplicable a todos los textos, me interesa en especial La Celestina precisamente por esa controversia que suscitó tiempo después de publicada, sobre su carácter híbrido. Pero yo no pretendo una clasificación diferente tampoco.
Ora se la califique de novela, ora de drama, y es acaso el parecer más cierto, que la cuestión de nombre es ociosa, puesto que la obra de Rojas nació en un tiempo en que los géneros literarios apenas comenzaban a deslindarse y la dramática moderna no existía más que en germen, es tan rica la materia estética de La Celestina, tan amplia su objetividad, tan humano su argumento, tan viva y minuciosa la pintura de costumbres, tan espléndida la lengua y tan vigoroso el diálogo, que no pudo menos de acelerar el desarrollo de las dos grandes formas representativas de la vida nacional, y aun puede decirse que en el teatro obró antes y con más eficacia que en la novela.[8]
Pero creo que Menéndez y Pelayo se va con la finta de la gran cantidad de imitaciones dramáticas que tuvo La Celestina, y no repara, cuando afirma que obró con más eficacia en el teatro, en advertir que la influencia que tuvo en el Quijote fue determinante. A ella le debe mucha de su libertad, La Galatea misma funciona como una especie de Celestina de la novela pastoril, que rompe con los moldes e introduce la realidad a la ficción. A Rojas, Cervantes le debe la libertad de buscar los caminos más rápidos y efectivos, de buscar en la forma una función estética, hallar en su estructura un pretexto para reflexionar sobre sí mismos y buscar en la realidad lo representativo y por ende simbólico de la cultura humana. A Rojas lo veo como el abuelo de la novela moderna.
Mi amigo se dio cuenta de la grandeza de La Celestina. Su novela palidecería al lado de cualquier edición regular de La Celestina, cuantimás al lado de una edición como la de Russell. Mi amigo trataba de inventar según me dijo el género de la Novela Seudo-Histórica de Edición Crítica, donde la introducción, la biografía, la bibliografía y las notas jugaban un papel importantísimo y determinante en su interpretación como obra artística total. Al parecer un género lo suficientemente antiguo y complejo como para evitarse en los momentos de mayor apocamiento, ¿o será de sensatez?


[1] Carlos García Gual, Los orígenes de la novela, Istmo, Madrid, 1972.
[2] Georg Lukács, Teoría de la novela, Grijalbo, México, 1985.
[3] Kurt Spang, Géneros literarios, Síntesis, Madrid, 1996.
[4] M. Menéndez y Pelayo, Orígenes de la novela, Espasa Calpe, Madrid, 1970, pág. 34.
[5] Ibid, pág. 35.
[6] Darío Villanueva, 9-10, 1989, citado en Generos literarios, K. Spang.
[7] Menéndez y Pelayo, Orígenes de la novela, pág. 9.
[8] Ibid, pág. 207.

DOS INTENTOS DE NARRACIÓN ANTIIMPERIALISTA

EZD


El mundo es la totalidad de los hechos,
no de las cosas.
-L. WITTGENSTEIN




La vieja cayó al suelo como si hubiera sido un tronco seco, hueco el sonido, chocaron sus huesos contra el piso de piedra y se oyó como si una rama se quebrara. Se quedó mirando el suelo, apoyada en un brazo, no se movió. Miraba el suelo de cerquita, luego sintió el golpe en la parte de atrás de la cabeza primero y contra el piso de piedra después. Fue un pisotón salvaje, brutal, como dicen los gringos. Fácilmente hubiera perdido el conocimiento, pero no, la vieja volvió a apoyarse en el brazo y volteó con la cara llena de sangre, y mejor hubiera sido que no volteara porque recibió en pleno rostro un marrazo que le hizo perder toda la nariz y parte de la boca, dejando un espacio asqueroso de carne molida y roja, y al recibir el segundo marrazo cuando se encontraba boca arriba –con lo que le quedaba de boca– todo su rostro se hundió contra su propio cráneo y pareció una calabaza estrellada con peluca blanca. Así murió esa gringa vieja el día de la inauguración del festival cultural de Álamos del año pasado.
Eran como las 11, salimos del concierto de Óscar Chávez como a las 10 pasaditas, unos manifestantes liderados por un panista, una vieja gringa y el curita del pueblo tiraron piedras desde atrás y una de ellas quebró un tambor de la batería, de suerte no golpearon a nadie, muchos cadetes corrieron, pero no miré si agarraron a alguien. Me iba a ir con el Rigo y el Vladimir a la casa donde nos estábamos quedando, para empezar a pistear, pero antes íbamos a cenar algo. El Rigo se fue a ayudarle a la Mónica, y el Vladimir se fue con el Ararat a poner unas mamparas en la plaza, yo me quedé con el Roberto a desmontar una parte del escenario para la mañana siguiente. Al terminar me fui caminando solo a la casa, se me olvidó la cena y la cheve, se me fue el rollo, salí del palacio municipal y me quedé viendo las casas viejas, altas, con sus ventanas grandes y puertas más grandes y bonitas, bien antiguas, coloniales, algunas casas pintaditas de vivos colores, colores mexicanos, la mayoría blancas, todas frescas y acogedoras, todas con patios centrales grandísimos y llenos de flores y árboles de frutas, todas de gringos, gringos viejos, asquerosos como sólo pueden ser las personas viejas de su raza, casi traslúcidos se les pueden mirar sus entrañas llenas de mierda gringa, gringos viejos que ni siquiera son gringos ricos, son gringos comunes y racistas, que después de chambiar toda su vida para el tío Sam y rendirle su tributo se vienen con sus ahorritos y se compran una casona colonial en Álamos, media playa en Kino y toda la bahía y las dunas de San Carlos. Mierdas de gringos cagones, white trash con dólares, que aprovechándose del pobre y sucio y corrompido y devaluado y corrupto peso mexicano se apropian de medio Sonora y el resto de México y el mundo.
Esto pensaba cuando veía las hermosas casas y calles empedradas que hicieron los españoles imperialistas, los hijos legítimos de la madre patria, de tu madre patria, tu puta madre que te ha hecho como eres, cuando de una de esas hermosas casas salió la calabaza esa, era la casa enseguida del callejón que salía al puente colonial que daba a la colonial casa donde estábamos quedándonos los del instituto, la vieja caminó hacia el callejón, yo no lo pensé, nomás caminé tras de ella, la agarré del cuello y le tapé la boca, la vieja se resistió, le di un golpe con el puño cerrado en mero rostro y se resistió menos. La llevé al puente y la tiré al canal. Cayó en la tierra y se quedó quejándose, entré a la casa –como éramos tantos siempre estaba abierta–, no había nadie, tomé un marro que estaba en el patio, en la leña también había un hacha, y me regresé al puente. La vieja ya se había subido a la calle y caminaba trabajosamente, la alcancé y ya saben lo que pasó.
Al día siguiente sólo se habló de eso. El Ararat fue el que encontró el cuerpo, puse aquel despojo infrahumano bajo el puente de donde no debía de haber salido, porque la tierra del canal es mucho más blanda que las piedras de la calle. El Ararat vio en la mañanita las machas de sangre en la calle y las siguió hasta el puente. Para estar tan seca sangró mucho, exageradamente, cuando salí a mirar el espectáculo del día, vi cómo había quedado el charco, ya tragada por la tierra la sangre la pintaba en un espacio como de 3 metros cuadrados y la vieja estrellada estaba en medio.

Así comenzaba aquella novelita violenta contra el intervensionismo estadounidense que traté de escribir después de los terribles[1] atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y Washington. Yo estaba impresionado más que otra cosa ese trágico día, ver las torres cayendo en la pantalla fue realmente espeluznante.
Me levanté y mi papá estaba viendo lo del primer avionazo en una de las Torres, me dijo que en el Pentágono se había estrellado otro, yo no lo dudé un segundo, le dije que ahorita iba a ver otros, a ver cuantos había, él me dijo que quién sabe, que los gringos ya habían dicho que ya habían iniciado una operación para esos casos, no había terminado de hablar cuando en la televisión vimos prácticamente en vivo –de no ser por los segundos que tardan las microondas en llegar de Nueva York al satélite gringo y del satélite gringo al satélite mexicano y del satélite mexicano a la torre del Cerro de la Campana y de la torre a la antena de mi casa– el segundo avionazo, y se quedó cayado, y yo también.
La actitud asumida por el presidente estadounidense George W. Bush –un cobarde e ignorante sujeto, mimado hijo de papi, cristiano fundamentalista y mentiroso, un cretino con iniciativa como lo definió acertadamente Carlos Fuentes– me hizo entrar en ese caudal de odio hacia su administración, y reavivar el rencor hacia las cínicas administraciones pasadas.
Desde el Lejano Oriente, pasando por Medio Oriente, el Cercano Oriente y Europa hasta América Latina, desde Vietnam hasta Nicaragua, y desde Chile hasta Afganistán pasando por Kosovo y los Balcanes, Somalia y otra infinidad de países cuyos gobiernos son constantemente ninguneados por la “Unión Americana”, han sufrido la actitud belicista y paranoica de la nación más poderosa del mundo. No obstante, así mismo como han sufrido el fuego del armamento estadounidense, han tenido la oportunidad de defenderse gracias a las compras millonarias de superarmas mortales tanto de protección personal –pistolas automáticas, escopetas, ametralladoras, granadas de mano, bazukas y vehículos blindados– como para protección de la nación –armas de destrucción masiva, ya sea misiles inteligentes con reactores nucleares o de hidrógeno o químicas y bacteriológicas–, la mayoría producidas, coincidentemente, en Estados Unidos. Hay veces que el cinismo llega a ser tan sobrecogedor que lo único que me atrevo a decir es –¿quién era el que lo decía Manolín o Chilinsky?–: “fíjate qué suave”.
Es fácil llegar a la conclusión que muchas de estas guerras alrededor del mundo son simples pantallas para seguir con el negocio más redituable del mundo –seguido muy de cerca por el tráfico ilegal de drogas–: la producción de armas[2]. Ya todo el mundo está armado, gracias en gran medida al terror sembrado por las administraciones estadounidenses y su visión imperialista, que trata de tener un control global de la economía. ¿Pero no es eso demasiado maquiavélico? ¿No me han contagiado su paranoia los dirigentes gringos? Estas preguntas resultan superfluas si revisamos la historia de la política exterior de los Estados Unidos. La perpetuación de la doctrina Monroe y de los ideales blancos ha ido de la mano de la democracia a través de su desarrollo y su consolidación como sistema político en ese país. De hecho el sistema bipartita de la actualidad es un verdadero triunfo del conservadurismo liberal –neoliberal en estos tiempos–, ahora le tocó a Bush ser el malo, las próximas elecciones las pierde, gana el partido demócrata, la gente en Estados Unidos se siente satisfecha, y el resto del mundo continúa sufriendo su política exterior de siempre, invariablemente.
Es realmente indignante la forma de gobernar de esos hombres que sólo se dedican a seguir la flecha y seguir adelante sin interrumpir nunca la dirección ni el impulso de las políticas injustas que se perpetúan de administración en administración. Yo no sé cómo llamar la atención de esos seres, que casi literalmente –de no ser por los diferentes materiales– no salen de su torre de marfil. Ahí vemos en toda América Latina la sombra de la política gringa: el militarismo, el totalitarismo, el pánico absoluto a las políticas que no compartan la visión capitalista y su destrucción sistemática y su correspondiente baño de sangre, la desigualdad en la repartición de la riqueza –es mucho más fácil hacer negocio con una sola persona que con todo un país–, etcétera, etcétera, etcétera.
Un puñado de hombres que controlan la economía mundial muestra su apoyo al Tercer Mundo llevando sus conversaciones a los países más grandes de las diferentes regiones empobrecidas, América Latina y África sobretodo. Así vemos de tiempo en tiempo que se celebran cumbres en las partes más exclusivas de nuestros países. En Cancún, por ejemplo, se han mirado varias veces estos hombres, pero nunca resuelven nada, dicen que no se ponen de acuerdo, pero sospechosamente los líderes de esas reuniones son los mismos representantes de las mayores potencias del mundo, países cuyas economías se ven beneficiadas gracias a la estructura neoliberal y su explotación de esos pueblos llenos de recursos explotables y de pobreza.
Yo no sé cómo llamar la atención de esos seres. Benjamín Sachs el personaje de Leviatán de Paul Auster creía tener una idea, pero creo que al mismo Auster le debe parecer insulsa. Para Aníbal Quevedo, el de El fin de la locura de Volpi, sin buscar una salida al sistema llega por las vías de la pasión a enfrentarse a éste como guerrillero de izquierda, terminando con mucha más pena que gloria. José Agapito de los Hoyos, de La casa de los ajolotes de Armando Ramírez, pasa de ser un crítico del sistema político a ser un asesino a su servicio. Yo tampoco sé cómo llamar la atención de esos seres.

Michael Moore ha sido más efectivo, mucho más, pero la realidad es que pocos cuentan con los recursos para hacer campañas y producciones como las suyas y los que cuentan con el capital no lo hacen. En verdad creo que Moore es todo un ejemplo a seguir, yo también creo que la difusión de la verdad es el mejor camino para combatir los excesos de los sectarios en el poder. Él mismo expone que toda su obra, de excepcional calidad discursiva, se basa más en una necesidad práctica de justicia que en una necesidad artística, que en realidad odia lo que hace, que desearía no tener que hacerlo, pero alguien debe de hacerlo. Toda su obra ha sido y será una gran denuncia de los excesos del poder, de la injusticia del sistema económico y la deshumanización de la cultura de las armas.
Mi novelita pretendía hacer lo mismo. Pero después de un puñado de capítulos y media docena de asesinatos de viejos estadounidenses radicados en Álamos Sonora México, me di cuenta que mi objetivo se iba perdiendo poco a poco. ¿Qué ganaría con esa novela? Si la llegaba a publicar tendría que ser un verdadero éxito editorial para llegar a más gente, luego pensé en la paranoia gringa. Esta novelita sería una clara muestra de gringofobia, pues el personaje principal –y narrador– era un gringofóbico, y como es increíblemente común la creencia de que el narrador-personaje es el autor mismo de la obra, pronto vislumbré la inevitable censura en Estados Unidos y el veto a mi persona. Más pronto pensaba que el posible éxito que tuviera nunca sería suficiente para lograr algo importante. ¿Para qué escribir ficción si la realidad es más contundente? ¿Le funcionó a Auster, a Volpi y a Ramírez? No sé. ¿Cambiaron un poco el sistema? No. ¿Y sus personajes? Menos. Ellos fatalistamente asumen la insustancialidad de la literatura como instrumento político. Yo también lo asumo de manera fatalista.
Por eso deseché esa novelita, que había titulado simplemente Álamos, donde durante el XIX festival Ortiz Tirado este empleado del Instituto Sonorense de Cultura asesina sádicamente a seis ancianos estadounidenses. En ella quise presentar un escenario donde se llevaba al extremo la reacción causada por la postura de Washington. El narrador-personaje estaba bien familiarizado con la historia reciente de los Estados Unidos, había leído muchos artículos sobre ello –en Proceso principalmente–, durante la novela recuerda constantemente a los Balcanes y la cobardía y cinismo de Clinton y la situación en la Franja de Gaza. Aparte de odiar a los gringos, odia a los israelitas, por obvias razones –aunque podría odiar a todos los pueblos que quisiera–. De repente se descubre llamando a los israelitas “usureros asesinos” y “judíos de mierda”, a pesar de que no es antisemita. Es justo antes de la invasión a Afganistán y el derrocamiento del Talibán, él sabe lo que pasará, será territorio gringo y la gente ahora morirá principalmente de hambre y no de palizas y descargas de metralleta, pero sí, todavía morirán muchos más por las descargas, las minas y las palizas, la resistencia del Talibán en algunas regiones es muy grande, la lucha con el Ejército del Norte continuará mientras que los soldados gringos sólo cuidarán los pozos, así será de seguro, porque así ha sido siempre. La gente de Afganistán pasará de “un mal mayor” a “un mal menor” –como si tal cosa existiera-, y los gringos no moverán un dedo si no hay petróleo de por medio.
Cuando va a trabajar a Álamos se encuentra con que los gringos son los dueños de gran parte del pueblo, y de las casas más bonitas. También existe esa resistencia en contra de la celebración del festival cultural por parte de una lidereza gringa, un regidor panista y el cura –y esto es verídico, yo soy testigo, aunque parezca película cómica, yo estuve en el festival ese año y me tocó parte del ridículo ataque sufrido en el escenario por personas que seguían a estos tres personajes–. Eso le parece el colmo, el festival dura sólo semana y media, donde sí se consume mucho alcohol y a veces hay desmanes, pero si esto es México piensa indignado el personaje, si no quieres ver borrachos vete de aquí, aquí la gente es borracha y disfrutan viendo gente borracha, así convive. Los gringos no lo aceptan, el curita a quién le importa, y los panistas son ultraderechas y se dan golpes de pecho siendo igualitos a los priístas, esos se asustan y se callan, pero los gringos no. Por eso mató a la vieja y a los otros cinco ancianos.
Ya me ahorré una novela y les conté la tesis. El final no lo escribí pero pensé uno donde hiciera homenaje a nuestras honorables instituciones de justicia, donde el personaje citaba una nota del periódico donde se narraba la inevitable captura –después de tanto escándalo internacional– de “el asesino de Álamos”, como le apodó cariñosamente la prensa, quien resultó ser un pobre campesino de una ranchería cercana, también había aparecido en televisión, ya era oficial, estaba salvado, y probablemente regresaría el año que entra al próximo festival, si es que no lo habían prohibido los gringos.
Mi intención era hacer una especie de Violación en Polanco sobre la situación posterior al 11 de septiembre, en lugar del resentimiento histórico a la casta dominante, represora y explotadora –blancos ricos descendientes directos y sin mezcla de los españoles en la novela de Ramírez–, yo intenté representar el resentimiento histórico al pueblo que nos ha robado, saqueado, y pisoteado por varios siglos ya –muy parecidos en eso a nuestros padres gachupines–: los gabachos.
Mi novela era esencialmente una novela de tesis al igual que Violación en Polanco, La casa de los ajolotes, El fin de la locura y Leviatán, donde de ninguna manera se trata de presentar posturas generalizadas, sino que se tratan de casos extremos, donde existen motivaciones muy fuertes como la venganza, la desesperación, la frustración, el amor, la locura, etcétera. Pero qué van a entender eso los gringos, primero y antes que nada se van a sentir aludidos y luego sentirán una profunda ofensa y luego me querrán linchar. Está bien, tal vez para eso la escribí en primera instancia, para provocar una reacción negativa, retarlos en su mundo de paranoia para así ponerlos en evidencia. ¿Pero quién es ese se preguntarán ellos?, no es nadie dirán, y me destruirán, o al menos así procurarán, ¿pero por qué divago así?, ¿por qué me siento perseguido sin haberme nadie leído?, ¿por qué la paranoia es de tan fácil contagio?, ¿será por todas las muertes del mundo aparecidas en mi televisión y narradas por la prensa en las publicaciones que leo?, ¿será así de efectiva la propaganda armamentista que ya quiero mi M16 para protegerme de las posibles intervenciones estadounidenses a mi país –acuérdense que Washington no está muy contento con México–?, ¿será todo un plan para que la compre y la tenga siempre guardada?, de seguro luego sueltan otra vez al chupacabras y nos venden el nuevo modelo de UZIs chupacidas.
Así de condicionado me tienen para siempre pensar mal.
Cuando la deseché –principalmente por la evidente derrota que Auster, Volpi y Ramírez me auguraban– pensé en otras obras de ficción que hubieran sido reconocidas universalmente por su calidad narrativa pero sobretodo por su crítica a algún imperio o sistema social, y las opciones fueron obvias: 1984 de Orwell, Un mundo feliz de Huxley, Fahrenheit 451 de Bradbury, Nosotros de Yevgueni Zamiatin, Brazil de Terry Gilliam, THX 1138 de Lucas. Todas en mundos imaginarios con referencias directas a nuestras culturas.
Aunque es la menos conocida –fue escrita entre 1919 y 1921 y estuvo prohibida hasta 1988 en la URSS– Nosotros es mi preferida y la fuente de inspiración para que Orwell escribiera su obra maestra, así como debió serlo para Huxley aunque descaminado como era nunca lo reconoció. Yo también la usé como fuente de inspiración para la concepción de mi segunda narración antiimperialista, así como todas las demás antes mencionadas y en especial una novelita de Robert Silverberg llamada Estación Hawksbill.
Nosotros es una monumental crítica al comunismo soviético como sistema social y político práctico, una denuncia de lo que era y una advertencia de lo que podría llegar a ser. Creo que fue por esa novela que Zamiatin fue encarcelado, no estoy seguro –tengo pésima memoria–, pero él siendo un ideólogo comunista llegó a ser otro “peligro” más para el comunismo imperialista y ortodoxo, y éste decidió silenciarlo, encarcelándolo y censurándolo, vetándolo del exquisito –y soberano– ambiente literario de la Unión Soviética.
En Estación Hawksbill la crítica se centra en el otro imperio, el estadounidense. La “Estación Hawksbill” es una prisión sin muros en el pasado inmemorial, cuando apenas comienza la vida de unos seres transparentes y amorfos que son nuestros antepasados, hecha para presos políticos contrarios a la República Sindicalista o algo por el estilo, no recuerdo bien los nombres, el caso es que tenemos un nuevo sistema político y económico en Estados Unidos –y por lo tanto en el resto del mundo– después del colapso del capitalismo tal como la conocemos, existe una especie de revolución socialista, donde el resultado es una arcaica mezcla de socialismo y capitalismo. Este nuevo sistema se hace sistemáticamente más y más poderoso, más y más paranoico y más y más represor. Y a los que una vez lucharon contra la injusticia del capitalismo y lograron derrotarlo ahora son mirados con recelo por el nuevo aparato de defensa de la soberanía del nuevo sistema, si se les afigura algo lo mandan al pasado, y al más remoto.
Yo quise retratar un escenario similar, pero con una correspondencia más directa y más cercana. Mi novela inexorablemente también sería futurista, pero sería un futuro muy cercano –de hecho Silverberg trabaja con fechas que ya hemos vivido, al igual que Orwell–. Por eso mismo no quise trabajar con fechas, simplemente hice un escenario reconocible donde la frontera estadounidense fuera verdaderamente impenetrable[3] al resto del mundo, donde el sucesor de Bush halla terminado de hacer de su país una superfortaleza, con todo y muralla y compañías de soldados vigilándola cada 100 metros, la Franja de Gaza se quedaba diminuta en comparación con la frontera con el México más empobrecido y en crisis permanente de los tiempos de la consolidación del imperio gringo como imperio hecho y derecho y hasta con nombre de imperio –no, no es cierto, no le puse nombre, creo que en el futuro seguirán negando su evidente retraso ideológico, intelectual e histórico–. A continuación reproduciré un pequeño fragmento de aquel ineficiente intento de novela futurista:

Cuando se encontró con su pecho pegado al suelo ni siquiera pensó qué pasaba, se levantó y corrió. El miedo. Sólo pensaba en el miedo que sentía, ¿por qué? No hay problema, pensó. Si me agarran lo hago otra vez, sólo resistir el maltrato, sólo eso, el tubo eléctrico, su choque paralizante que llena todo el cuerpo de dolor expansivo e insoportable. No hay problema. Pero luego los golpes sin poder cubrirte siquiera cuando vean el tatuaje, el baño frío y la rapada, la vuelta a casa, luego otra vez a intentarlo. Pero antes de intentarlo otra vez y de soportar el castigo es mejor correr, como lo hace, hasta quedar sin posibilidades de perderse entre la multitud que de seguro habrá en el Parque Central. Sólo dos manzanas más. No se ven, pero deben de estar cerca, me vieron, creo que vieron que me tiré del carro, eran dos, de frente, me vieron, deben de estar atrás, vieron que me tiré cuando iba agarrando velocidad. Ya casi. Ahí está el parque. Hay gente, mucha. Muchos vehículos cruzan la gran avenida. Cruzarla. Muy lejos el puente, muy rápido pasan las filas de carros, no dejan de moverse. ¡Ahora! Rápido, rápidos, peligrosos, vienen y vienen y vienen más y se van, rápido, ya, por poco y ese... Llega al Parque y se trata de calmar al entrar en la multitud, mucha gente, calma, calma... calma, caminar tranquilo, sin levantar sospechas, hacia el centro comercial. A tomar el metro en la estación de arriba. Tal vez no me vieron, no se dieron cuenta. La gente pasa, viene y se va sin dejar de hacerlo. Sin dejar de hacerlo. Camina tratando de aparentar tranquilidad, tratando de no hacerlo tan rápido. Los nervios lo matan, tiembla, ahí, caminando solo en ese mar de gente que va y viene y va y viene. Tratando de cruzar el jardín gigante para alcanzar la entrada norte del centro comercial, unos pasos, unos pasos, la escalera eléctrica, la entrada, busca la estación. El metro. El boleto. El guardia verde... viene a mí, date la vuelta, sin levantar sospechas, sal, tengo que salir, viene a mí, no tan rápido, tranquilo, tranquilo. Corre, corre, sí viene a mí, ahí viene, no voltees, no voltees, no puede ser, no puede ser, no voltees, está corriendo tras de mí, deja de voltear. La gente se aparta horrorizada de su camino, cruza veloz el portón del centro comercial y sin dejar de correr baja la escalera eléctrica y sin pensarlo se mete en la avenida repleta de veloces carros que van y vienen e impactan sin más remedio, y vienen y vienen y se dejan venir y se van y se van.

Todo había terminado, el colegio ya había pasado. Comenzar de nuevo en otro lugar, buscar universidad, cambiar mi hogar, conocer nuevos amigos, conocer un chico, ¿extrañaría a estos dos que vienen conmigo?, son mis amigos, pero ya no los veré más, los dos son mis amigos: Kara y Bill, los futuros esposos. Sólo mensajes desde lejos, ¿para qué?, si casi ni hablamos. Nada más salimos nos drogamos y damos la vuelta. ¿Vamos a estar arriba en la máquina hablando a la distancia? Mira pasar veloces los señalamientos, y la gente detrás de ellos. Sus cabellos vuelan con el tibio viento.
-¿Por qué no subes la capota? –le puntea a Bill.
El vehículo da vuelta inesperadamente y su cabeza va a dar contra el vidrio de la ventana. Bill y Kara voltean asustados y lo miran con su cara de sufrimiento y con las manos en la cabeza. Los dos sueltan la carcajada, y él les pinta un dedo.
-Sube la capota -le ordena a Bill.
Un fuerte impacto estremece el vehículo y un bulto enorme vuela sobre sus cabezas hasta el asiento trasero, cayendo pesadamente a su lado. Primero no ve, no quiere ver. Pero en la milésima de segundo siguiente lo está mirando con horror.
-¿Qué es?, ¿qué es? –grita Bill mirando asustado al frente de la calle tratando de controlar lo mejor posible el vehículo. No puede decir nada y Kara que tiene los ojos clavados en el terrible bulto dice:
-Un hombre muerto.

Claro que pronto descubrirían que no estaba muerto, tan solo desmayado por el fuerte impacto. En esta novela tuve mucho la idea en mi cabeza de hacer algo parecido a Delicatessen y a La ciudad de los niños perdidos de Jeunet y Caro, en cuanto a la representación del tercer mundo, -que sería prácticamente todo el mundo afuera del imperio norteamericano-, donde la contaminación, la basura, la violencia, el hambre y la desesperación sean marcos comunes para la sociedad explotada y en decadencia. Pero al igual que en las post apocalípticas obras de Jeunet y Caro, la ironía y el humor jugarían un juego muy importante.
Cuando comencé su redacción estaba haciendo mi segunda lectura de Al filo del agua, y me sentí tan envuelto por ese ente narrativo que desgrana, engrana y desengrana las voces de toda una comunidad y su inconmensurable significancia, que tuve la puntada de atreverme a copiar el estilo de Yánez –con todo respeto para sus fans– pero en un tono más jocoso, por decirlo de alguna manera, nada vulgar, pero nada solemne, copiando sólo su solemne humor y sus matices más satíricos, porque quien diga que en Al filo del agua no hay sátira, y al por mayor, no ha leído una página de ese tremendo libro mexicano.
Claro que me vi muy pronto arroyado, atropellado más bien por la poética prosa de Yánez y sus colosales monólogos interiores y me tuve que refugiar una vez más en esa prosa que tanto quiero, que tanto me ha arrullado y de la que tanto he aprendido y fusilado, la del cronista de Tepito Armando Ramírez y sus entrañables novelas Violación en Polanco, Chin Chin el teporocho, Quinceañera, Me llaman la Chata Aguayo, Sóstenes Sanjasmeo, etc., etc., etc., que tanto me han conmovido. Claro que sin dejar de lado a la del catalán Juan Marsé. La prosa claro.
Dicho y hecho mi novela tomó forma, y al igual que en los cuentos de Borges eso sería de gran importancia para su comprensión. Quiero decir la forma, su estructuración escénica.
Dividida en cinco capítulos de tamaño variable trataba de contar la no historia, lo que no contaba, lo que no estaba escrito, como Wittgenstein pretendía. Pero al acercarme al final entendí, como creo que Wittgenstein en su Tractatus logico-philosophicus, que pretendí demasiado con tan poco, literalmente.
Después de que descubren que el hombre que va en el asiento trasero del vehículo no está muerto, lo auxilian, lo llevan a casa de uno de ellos y el hombre se repone del aturdimiento. Ahí les cuenta su situación de espía del lejano e incomprensible Tercer Mundo en el Imperio Norteamericano como se le llama cariñosamente. El hombre les platica las injusticias cometidas por el Imperio en que viven y su lucha por sobrevivir en el Tercer Mundo, él es una especie de pollero justiciero que ayuda a su gente a cruzar hacia el lado del Imperio, donde si no tienen el chip de identificación simplemente se les expulsa del territorio, claro que el hombre como buen tercermundista ya tiene chips piratas que inserta en las nucas de sus cruzados, y éstos pasan casi siempre satisfactoriamente como ciudadanos legítimos del Imperio, para él no sirve ningún chip pues ya ha sido expulsado en un par de ocasiones. Los otros tres chicos son ciudadanos de nacimiento del Imperio, recién graduados del colegio, en busca de una universidad, pronto sienten simpatía por el débil individuo que yace reposado en la cómoda silla imperial criticando su mundo en apariencia tan perfecto. Los tres están totalmente de acuerdo con el hombre, saben que el gobierno que los dirige está haciendo cosas malas, los tres le otorgan todo su apoyo y dicen que están dispuestos a ayudarlo en lo que necesite.
En el segundo capítulo traté la historia de la pareja que rescata al hombre, Kara y Bill, su historia de amor convencional y su vida inútil de provecho dentro del Imperio; en el tercero traté la vida del chico del asiento trasero, Thomas, quien es un junkie amigo de Kara y Bill y enamorado de éste, en este capítulo se vuelve a saber del hombre rescatado: los contacta para pedirles un favor; en el capítulo cuarto, en una sola escena no muy larga, nos encontramos en una reunión de un grupo de amigos en el campo, ahí se reúnen Kara y Bill con Thomas después de no verse en meses, éste último se queja de que el hombre lo ha buscado y que tal vez sea peligroso; el quinto se trata de otro encuentro entre la pareja y Thomas, esta vez en un supermercado y platican de cosas bastante irrelevantes, de cosas que nunca creí que escribiría jamás del champú, de coca cola, del MTV, de los Grammys, etc., puras babosadas, Thomas menciona que la inteligencia imperial detuvo al hombre que rescataron con cargos de conspiración contra el estado, terrorismo y tráfico ilegal de personas, lo vio de casualidad en Internet, luego se despide porque va a una cita con un tirador que promete mucho, con muy buena mercancía y reportada. Aquí se acabó mi novela.
Cuando leí el borrador sentí exactamente la sensación que busqué expresar cuando la concebí en mi cabeza: una gran desesperación y una consecuente frustración, pero en la lectura. Para mi desgracia, mi novela no era mala, era basura, y no “literatura basura”, basura basura, una aburrición total, mortal. Entendí porqué el Jardín de los senderos que se bifurcan es un cuento y no una novela. Mi novela aunque corta –apenas 85 páginas– parecía un cuento que se quedó en un letargo denso y pesado, parecía escrita por Guillermo Arriaga –quien al igual que Bush es cazador–, era pretenciosa y tonta, en el sentido que tiene el silly inglés, sin caer en lo vulgar, creo.


[1] Lo de “terribles” resulta bastante relativo en este loco mundo en que vivimos, pues para muchos millones de habitantes del planeta resultó un día triunfal, la consumación de una venganza largamente esperada, que quedaba todavía muy lejos de cerrar las heridas sangrantes que causan odios y rencores de generación en generación a causa en gran medida de la política intervensionista estadounidense. Aquí mismo en Hermosillo yo fui testigo de cómo muchos de mis compañeros celebraron la caída de las Torres Gemelas con tertulias etílicas, precisamente por ese rencor que ha sembrado en todo el mundo el gobierno estadounidense a lo largo de su historia como nación con sus políticas archicapitalistas e inhumanas hacia el resto de los habitantes del planeta -el Tercer Mundo en concreto-. Fue un espectáculo extrañamente –diabólicamente– de inmensa belleza simbólica para todos, fue más allá que una película hollywoodense, su obviedad resultó absolutamente perturbadora.
[2] Seguido del narcotráfico, el negocio bélico es el máximo aportador de recursos para el Fondo Monetario Internacional y por supuesto para los demás organismos internacionales. Según el Instituto de Estudios Estratégicos (IISS) de Londres, en 1998 se generaron 55,800 millones de dólares en el mundo por comercio de armas, correspondiendo a Estados Unidos la mitad de esa cantidad (49%). Además no deja de resultar irónico que los cinco países miembros del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU), sean los principales exportadores de armas en el mundo.
[3] El gobierno se jacta con su pueblo de que hacen todo lo posible para mantener a los emigrantes fuera de su país, pero lo cierto es que está en sus manos detenerlos, pero no son sus intenciones. California es el estado con más crecimiento económico en toda la Unión Americana, gracias a la mano de obra superbarata de emigrantes sin papeles, sobretodo de mexicanos y centroamericanos, a los cuales con una reforma migratoria sólo en el aspecto laboral serían beneficiados y se les haría justicia, pero a la economía anglosajona no le conviene cambiar su situación de ilegalidad aunque necesiten de su trabajo, pues tendrían que pagarles como a cualquier otro trabajador de ese país, en cambio los atacan y los señalan como los responsables del desempleo y de la inseguridad que supuestamente reina en las ciudades para perpetuar su situación de explotados. Tampoco pueden dejar de lado el tráfico de drogas, son demasiadas las divisas que entran a los bancos estadounidenses gracias al lavado de dinero con auspicio de Washington y sus leyes inexistentes para evitarlo, qué conveniente me va pareciendo todo.