UN ACERCAMIENTO ANACRÓNICO A LA CELESTINA

EZD


No hay obra alguna fundada en el estudio
del natural que no tenga en Rojas su
ascendencia, aunque sea remota e invisible.

MENÉNDEZ Y PELAYO



Hace poco fui testigo de la muerte de uno de los proyectos novelísticos más interesantes que he conocido de escritores regionales. Hace unos meses me encontré con un ex compañero de la escuela de Letras, me platicó –entre otras cosas– sobre su proyecto de novela, de título tentativo La tragicomedia de la Celestina de Rojas o algo por el estilo. Mi amigo se refería sin vacilar a La Celestina de Rojas como la primer gran novela moderna, antecedente directo del Quijote. Me mostró su primer capítulo, donde un joven Rojas comienza la redacción de su monumental obra. En este capítulo el mismo Rojas narra a través de una serie de cartas enviadas a su primo y poeta Domingo Segundo, su intención de concretizar una obra dramática que acaba de comenzar a redactar para ser leída y no representada, y da un trazo general a los personajes principales de La Celestina. La forma epistolar de este único capítulo que tuve la oportunidad de leer es impecable, la serie de cartas se leen veloces, aunque estén redactadas en el español del siglo XV, una tras otra hilvanan una historia que se vislumbra grandiosa. Pero me acabo de enterar que mi amigo ha quemado todos los manuscritos de su Celestina. Es inútil, me dijo, es inútil, soy otro tonto Pierre Mennard, cualquier edición crítica de La Celestina será mejor que mi novela, no hay de otra, es inútil, lo quemé todo, me dijo y siguió su camino apurado. La curiosidad nació en mí y para mi fortuna tuve la oportunidad de adquirir a precio bajísimo la edición de pasta dura de Biblioteca Clásica Castalia, a cargo de Peter E. Russell, con introducción y notas de él. Una edición realmente de lujo. Y comencé a leer La Tragicomedia de Calisto y Melibea por segunda vez en mi vida -la primera vez fue en la clase de Literatura Española-. Este es mi punto de vista sobre la obra de Rojas, la extinta novela de mi amigo y su quimérica misión.
El hecho de que Marcelino Menéndez y Pelayo haya incluido a La Celestina y sus posteriores imitaciones en los Orígenes de la novela, no es realmente para llamar la atención. En su aparición –1499–, de forma anónima y sin título, se le tomó simplemente, sin mayores discusiones, como una obra dramática, y es así -a simple vista- como fue concebida. Pero debido a las transgresiones que hace del género, a su extensión, y a algunas escenas en las que la acción es sustituida por largas peroratas, se hace difícil imaginarse su representación en un escenario. Pero es sobretodo la gran influencia que tuvo La Celestina en las posteriores novelas picarescas, en El Quijote, y en toda la posterior obra narrativa occidental, lo que hace que estudiosos como Menéndez y Pelayo y mi compañero establezcan ese vínculo de la obra de Rojas con el género novelesco.
Sin embargo, en los estudios de géneros tiende a perderse esa relación, y no se hace mención de La Celestina ni siquiera como un antecedente de la novela moderna, relegándola –supongo yo– a su condición de obra dramática. Suelen distinguirse dos posturas: unos afirman que la novela nace con la llamada novela erótica en Grecia[1], otros la caracterizan como sucesora de la epopeya y producto típico de la burguesía y de la secularización. Es decir que hacen una distinción entre la novela clásica, y la novela moderna, a partir del Quijote. Pero me llama mucho la atención el hecho de que ambas posturas presentan las bases del Quijote siempre en la novela de caballerías, por obvias razones, pero ¿y qué? El Quijote es una sátira de las novelas de caballerías y las imita en muchos de sus aspectos pero siempre con un sentido irónico, anteponiendo una gran distancia con aquellos libros. Si me preguntan a mí, yo diría que está más cerca de La Celestina que del Amadís.
Se habla de la epopeya como iniciadora de una tradición que hace posible el surgimiento de la novela moderna, y en muchos sentidos es obvia la correspondencia. Ambas narraciones largas tienen en común que evocan un mundo extenso y diversificado, que desarrollan una historia en un espacio y un tiempo, poblada de figuras que experimentan un conflicto, Ahora bien, ambas formas lo plasman desde enfoques ideológicos, filosóficos y formales considerablemente distintos.
“La epopeya configura una totalidad vital por sí misma conclusa; la novela intenta descubrir y construir configuradoramente la oculta totalidad de la vida.”[2]
En la epopeya se advierte la convicción de que existe un orden universal jerárquico incuestionable que, lógicamente, da lugar a un mundo íntegro que se nutre de temas míticos, heroicos y legendarios con ingredientes históricos. “La concepción que subyace al despliegue de los acontecimientos es la de su validez atemporal o supratemporal.”[3] Los héroes épicos son tipos antes que individuos personalizados, su carácter y temperamento son rectos y aproblemáticos en el sentido de que se mueven dentro de unas coordenadas y unos ideales fijos y aceptados por toda la comunidad. El héroe épico es un héroe público. Ello conlleva también el escaso margen para un desarrollo individual de la personalidad, el héroe es como es, permanece estático a pesar de los obstáculos, si tiene que morir muere sin posible dinamismo evolutivo; no le falta cierto rasgo mecanizado. También son patrimonio común los objetivos y los motivos que mueven a los protagonistas.
En cambio, la novela surge de una cosmovisión individualizada y subjetivizada en la que se cuestionan los valores éticos y religiosos, hecho que trae consigo una desestabilización. El sosiego y la estabilidad tradicionales del mundo épico son precisamente lo que se cuestiona. Por consiguiente, las figuras novelescas son individuos o grupos de individuos problemáticos expuestos continuamente a tomar decisiones ante las exigencias que plantean las discrepancias entre ideal y realidad, entre postulados personales y mundo externo. En ello no es tan decisivo el condicionamiento externo, sino la evolución interna de la figura, en ciertos tipos de novela incluso se renuncia casi totalmente a una historia externa basando la problemática en un análisis psicológico.
En La Celestina el espíritu decididamente realista de Rojas se traduce sobretodo en su mordaz caracterización psicológica de los personajes, que carecen de toda idealización. Debido a su concepción se le ha llamado incluso “novela dialogada”.
Es evidente, como lo señaló Menéndez y Pelayo, la deuda que tiene la novela con La Celestina, aunque como él mismo señala, no es su propósito sostener que es una obra novelesca. “La Celestina, [...], es un poema dramático, que su autor dio por tal, aunque no soñase nunca con verlo representado”.[4] Pero ¿por qué?, ¿con qué lógica hizo su obra así? “El autor escribió para ser leído, y por eso dio tan amplio desarrollo a su obra, y no se detuvo en escrúpulos ante la libertad de algunas escenas, que en un teatro material hubieran sido intolerables para los menos delicados y timoratos.”[5]
El propio Menéndez y Pelayo señala que hay un pasaje en el prólogo que “parece indicar lo contrario: ‘quando diez personas se juntaron a oyr esta Comedia’. Pero a mi ver, no se trata aquí de verdadera representación, sino de lectura entre amigos.” Pues claro, yo no veo dónde esté indicando lo contrario, claramente Rojas utiliza el verbo oír en su forma antigua por escuchar y no otro, y no creo que en las lecturas en grupo exista otra forma de percepción que no sea la auditiva. Así vemos que el mismo Rojas nos da la pauta para la forma en que abordaremos su libro, como un libro de lectura, y no una obra representable. “Para disculpa de lo cual todo, no sólo a vos, pero a cuantos lo leyeren, ofrezco los siguientes metros.” Dice en “El autor a un su amigo”. Es, pues, un libro de lectura y no de representación.
Y es esto lo que llama mi atención, en su concepción existe ya la semilla de lo que vendrá a derivar la novela, pues surge de una necesidad –como la de la novela– de descubrir la oculta totalidad de la vida. Y así nos encontramos con una historia tan rica en matices como en sabiduría humanista.
Conocemos la obra, los amores de Calisto y Melibea, y la mano de la alcahueta Celestina metida en medio, dos inocentes nobles enamorados, inmersos en el bajo mundo de hechiceras, prostitutas y mozos bandidos, ¿pero son realmente inocentes? Rojas deja bien en claro que su libro es precisamente para prevenirnos de las pasiones desenfrenadas que tanto gozo causan y tanto gozo, oh, nos dan. ¿Pero cómo podemos tomarlo en serio, si vemos a los personajes de la obra regodearse y gozar a sus anchas cada vez que pueden, pues es la única recompensa real que reciben en este mundo pasajero? Rojas más bien parece un autor bien sarcástico y hasta cruel, porque ¿qué necesidad había de que al final de la obra, sin previo aviso, Calisto cayera y muriera circunstancialmente, como golpeado por el destino –más bien por la lúdica pluma de Rojas–, y al saberlo Melibea decidiera suicidarse frente a su dolido padre? La muerte de Calisto más que trágica se me antoja cómica por patética, y lo posterior sí un verdadero ejemplo moralizante de parte del autor.
No me quedan dudas de que Rojas al escribir su obra no dejó nunca de lado su humor sardónico. El nombre con que aparece la segunda edición -Comedia de Calisto y Melibea– no puede considerarse menos que irónico, por no decir sarcástico. En la cuarta edición aparece con el nombre de Tragicomedia de Calisto y Melibea. El autor nos dice en el prólogo que fue el primer autor, el del primer capítulo, el que le puso el título de Comedia porque al principio era puro gozo, pero que ahora él le ha puesto Tragicomedia porque va más con lo que sucede. Yo creo que aquí hay un juego de Rojas. En “El autor a un su amigo” incluye una parte donde menciona que tal vez el autor del primer acto sea Juan de Mena o Rodrigo Cota, pero sin ningún indicio real, como para despistar y darle veracidad a su proyecto discursivo. Lo llamo proyecto discursivo tomando una postura anacrónica –del tipo de la lectura anacrónica que propone Borges en su “Pierre Mennard”– y visualizando la obra como una novela moderna, la cual si nos dejamos llevar por los hechos y la imaginación resulta de una factura impecable y muy efectiva, quizás demasiado buena. Quiero decir que en base a la concepción actual de novela como “el reino de la libertad, libertad de contenido y libertad de forma, y por naturaleza (resulta ser) proteica y abierta. La única regla que cumple universalmente es la de transgredirlas todas, y este aserto debe figurar en el preámbulo de toda exposición sobre el comentario o lectura crítica de la novela.”[6]
Como se estila en la novela moderna, podríamos ver en La Celestina una obra que trabaja en su forma por ser representativa de su momento socio-histórico, es decir, que trata de plasmar en su estructura parte del significado total de la obra, ya sea de forma simbólica, atmosférica, o rítmica. En La Celestina el autor habría escogido la forma de la tradición literaria del momento, pero obviamente sólo como modelo a seguir con toda la libertad necesaria para transmitir lo que realmente se quiere decir. Así, La Celestina fue concebida como un drama, una obra dialogada en la que serían los personajes mismos los que cobrarían vida al hacerse escuchar, a veces como melosos trovadores, a veces como grandes filósofos y a veces como simples mortales. “Concebida como una grandiosa tragicomedia, no podía tener más forma que el diálogo del teatro, representación viva de los coloquios humanos, en que lo cómico y lo trágico alternan hasta la catástrofe con brío creciente.”[7] Y luego el mismo Menéndez y Pelayo dice que “si es drama, no es novela. Si es novela, no es drama”. Suena lógico. Pero también un poco ortodoxo. ¿Por qué no? Yo me acuerdo de El beso de la mujer araña que es una novela dialogada y es indiscutiblemente una novela. Y así hay muchos ejemplos en la narrativa contemporánea, en la que existen también verdaderos híbridos y las clasificaciones de géneros se hacen cada vez más complejas.
La Celestina me parece, haciendo el ejercicio de Pierre Mennard, una obra todavía más grande que la creada por Rojas. Un autor contemporáneo escribiendo en esa forma -otra vez- tan arcaica, y con esa capacidad para copiar el estilo de la época y aparte hacerse pasar por un escritor que copia el estilo de otro escritor, y que ese escritor que copia el estilo del primer escritor es copiado por un tercer escritor menos bueno que mete cuchara a la sopa se me antoja al más puro estilo del Quijote y su modernidad.
Y aunque la propuesta de Borges es aplicable a todos los textos, me interesa en especial La Celestina precisamente por esa controversia que suscitó tiempo después de publicada, sobre su carácter híbrido. Pero yo no pretendo una clasificación diferente tampoco.
Ora se la califique de novela, ora de drama, y es acaso el parecer más cierto, que la cuestión de nombre es ociosa, puesto que la obra de Rojas nació en un tiempo en que los géneros literarios apenas comenzaban a deslindarse y la dramática moderna no existía más que en germen, es tan rica la materia estética de La Celestina, tan amplia su objetividad, tan humano su argumento, tan viva y minuciosa la pintura de costumbres, tan espléndida la lengua y tan vigoroso el diálogo, que no pudo menos de acelerar el desarrollo de las dos grandes formas representativas de la vida nacional, y aun puede decirse que en el teatro obró antes y con más eficacia que en la novela.[8]
Pero creo que Menéndez y Pelayo se va con la finta de la gran cantidad de imitaciones dramáticas que tuvo La Celestina, y no repara, cuando afirma que obró con más eficacia en el teatro, en advertir que la influencia que tuvo en el Quijote fue determinante. A ella le debe mucha de su libertad, La Galatea misma funciona como una especie de Celestina de la novela pastoril, que rompe con los moldes e introduce la realidad a la ficción. A Rojas, Cervantes le debe la libertad de buscar los caminos más rápidos y efectivos, de buscar en la forma una función estética, hallar en su estructura un pretexto para reflexionar sobre sí mismos y buscar en la realidad lo representativo y por ende simbólico de la cultura humana. A Rojas lo veo como el abuelo de la novela moderna.
Mi amigo se dio cuenta de la grandeza de La Celestina. Su novela palidecería al lado de cualquier edición regular de La Celestina, cuantimás al lado de una edición como la de Russell. Mi amigo trataba de inventar según me dijo el género de la Novela Seudo-Histórica de Edición Crítica, donde la introducción, la biografía, la bibliografía y las notas jugaban un papel importantísimo y determinante en su interpretación como obra artística total. Al parecer un género lo suficientemente antiguo y complejo como para evitarse en los momentos de mayor apocamiento, ¿o será de sensatez?


[1] Carlos García Gual, Los orígenes de la novela, Istmo, Madrid, 1972.
[2] Georg Lukács, Teoría de la novela, Grijalbo, México, 1985.
[3] Kurt Spang, Géneros literarios, Síntesis, Madrid, 1996.
[4] M. Menéndez y Pelayo, Orígenes de la novela, Espasa Calpe, Madrid, 1970, pág. 34.
[5] Ibid, pág. 35.
[6] Darío Villanueva, 9-10, 1989, citado en Generos literarios, K. Spang.
[7] Menéndez y Pelayo, Orígenes de la novela, pág. 9.
[8] Ibid, pág. 207.

1 comentario:

Unknown dijo...

Buenos días. A mí tampoco, lo confieso, se me había ocurrido pensar en esos términos en La Celestina, pero la idea es de lo más interesante. Gracias por compartirla y suerte.